Cuento

[Cuento] El lobo de Lanalhue

Por Henry Estrada Beltrán

–¿Has visto a Carlita? – preguntó a una ballena un angustiado lobo marino, Jorge.

–No la he visto, pero después de las grandes olas y el movimiento de las placas subterráneas, muchos de los vecinos se han ido – contestó la ballena. Jorge escuchó con dolor y continuó su búsqueda.

–¡Carlita! ¡Carlita! ¿dónde estás? – gritaba el lobito mientras sus lágrimas de desesperación nublaban sus grandes ojos cafés.

Así pasaron los días, que se transformaron en semanas.
Un día, el viejo Juan, un experimentado lobo con conocimientos de la ciencia y la tierra, habló con Jorgito.

– Mi abuelita me contó sobre un maremoto de hace 50 años atrás, y varios lobos fueron arrastrados hacia el río. Puede que tu madre esté ahí – Le dijo. Sin pensarlo dos veces, el joven lobo inició la más grande y osada travesía en la búsqueda de Carlita.

Al llegar a la desembocadura de aquel río del que le contó don Juan, supo que las condiciones de las corrientes, temperatura y salinidad eran adversas, pero el amor todo lo puede y comenzó su travesía río arriba.

En un momento de flaqueza, hambre y cansancio pensó en regresar, pero a lo lejos le pareció escuchar unos gritos, al voltear se alegró de ver que el viejo Juan junto con el tío Raúl se habían unido a la búsqueda. Al juntarse los tres, sus corazones se llenaron de gozo y juntos continuaron la expedición.

Tras 7 días de navegación, llegaron a una enorme masa de agua, en algún momento pensaron que el río acabaría en algo más pequeño, pero nunca imaginaron llegar a un gran lago como el Lanalhue.

Así pasaron las horas, días y años, en la búsqueda de Carlita, en ocasiones se asustaban por las lanchas de los turistas que trataban de sacarlos, a veces lograban librarse y otras no, así fue como murió el viejo Juan destrozado por la hélice de estos monstruos, gobernados por los que se autodenominan de raza superior.

La esperanza es infinita, pero la vida no, y los años pasaron la cuenta en el viejo Raúl. – Sé que algún día encontrarás a tu mamá – esas fueron sus últimas palabras.

Aun se puede ver al viejo Jorge, recorriendo las aguas del gran lago Lanalhue, el verdadero maestre del lago de las almas en pena.

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Esta historia es un extracto del libro “Un libro con ballenas”, del escritor chileno Henry Estrada Beltrán, obra publicada recientemente en noviembre de 2023.

Sobre el autor:
Henry Estrada Beltrán es ingeniero civil industrial, docente y escritor chileno. Es autor del libro Antología de cuentos costeros, entre los cerros y el mar, Comunicarse de corazón a corazón, una colección de breves mensajes inspiradores, Historias que no son historias, Más historias que no son historias, Communicating from heart to heart: A collection of short inspirational messages, Intrépidos Navegantes, La ciudad de los Dones, Cuentos y anticuentos, Nuestro camino, Caleta de Cuentos, Descuentos, y Un libro con ballenas.

[CUENTO] EL PÉNDULO

Había sudor, el olor que exhala el cuerpo después de correr un maratón, el olor a orina y otros fluidos secretados por el cuerpo humano, y no solo era de mi cuerpo: hubo otros al igual que yo que esperaron o dejaron pasar el tiempo sobre esta misma mesa de mármol. Aun así, me era difícil pensar que otros en mi situación, antes de este día hayan declinado en las mismas circunstancias.

Dicen que cuatro paredes pueden crear un hogar, estoy entre cuatro paredes y probablemente sea cierto eso que dicen, y este sea mi último hogar, uno solitario y frío, uno breve, pero el que perdurará en mi memoria más que otros más cómodos, más que otros más cálidos, porque este es el último que habitaré.

El mármol es un buen material, es un deleite para vista, pero muy frío al tacto. Recuerdo las bancas del museo en invierno, un hermoso mármol, listas para una foto, pero al más leve contacto mis manos se tensaban; ¿Cómo podía ser algo tan bello y suave, pero frío al mismo tiempo?

A veces pienso que la belleza es una mentira, que una parte de nuestro cerebro nos la cuenta para hacer más aceptable ciertos aspectos de la vida, y que no es real. Recuerdo a Adam, él era la persona más bella en todo el mundo, o eso creía, o eso me hacían creer, o tal vez él quería que creyera eso. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vi… ¿Lo bello puede morir? ¿Él reamente era bello? ¿Él realmente murió?

¿Amar puede ser un pecado? ¿Amarlo pudo realmente ser un pecado? La verdad no importa si fue o no un pecado, o si pudo haber sido de otra forma, porque yo lo amé, de forma inevitable e irresistible, y aún en este lugar, sobre el frío mármol, lo amo y nada en el mundo puede cambiar eso, ni siquiera la afilada arma que pende sobre mi cuerpo. Nadie, ni siquiera el miedo tocará esa parte de mí, ese amor que me hizo feliz y ese tiempo que fue solo mío y de Adam. Solo me pregunto si podré recordarlo incluso después de morir. Su recuerdo, eso es lo único que quiero llevarme conmigo… ¿Lo podré recordar?

…puedo sentir el vaivén del viento sobre mi pecho desnudo, y el ruido del metal bajando y aproximándose hasta mí. Cada hora se aproxima veinte centímetros, y empezó a las ocho de la tarde, lo sé porque así rezaba mi condena, esa condena que los hombres han designado para mí en esta vida. A las doce de la noche el péndulo descenderá lo suficiente para destruir mi cuerpo… son las ocho en punto y el ruido metálico de las poleas lo anuncia.

Tenía cinco años en esa navidad especial en que mis padres anunciaban su embarazo ante la familia. Yo lo sabía por adelantado porque días atrás mis padres me sentaron en la mesa del comedor y me explicaron que tendría un hermano o una hermana en algunos meses más. Mamá estaba feliz, recuerdo sus sonrisas, incluso carcajadas.

Yo jugaba en mi cuarto esperando la llamada de mamá para la cena, me gustaba imaginar la sonrisa de todos en el lugar. Me sentía parte de algo que entregaría felicidad a todos.

Recuerdo la comida, el pollo recién preparado, las bebidas, las papas asadas. Todos esperaban el postre, un brazo de reina de ochenta centímetros que mi madre preparaba cada navidad. Siempre quedaba para deleitarse los días siguientes.

Me sentaría tan bien un abrazo, sólo uno antes de partir, tal vez mamá me abrazaría, si ella estuviera viva creo que podría abrazarme por última vez. Su perfume entumeciendo mi nariz y mi memoria con recuerdos, el roce de su suéter tejido por sus propias manos, el roce de su mejilla tibia sobre la mía, un beso en el aire y al final una sonrisa llena de calidez, como esa que me daba cada noche antes de dormir. 

Segundo ruido metálico me indica que el péndulo había descendido veinte centímetros más, y que eran las nueve de la noche, me quedan tres horas de vida y el vaivén del péndulo continúa con su cruel danza sobre mi cuerpo, sin pausas, sin prisas, solo haciendo la danza de la muerte. Me es raro pensar que estoy en la misma situación de muchos antes que yo, y que otros muchos más padecerán. Muchos han muerto bajo el filo del verdugo del péndulo, y quizás todos éramos culpables. Mi vida no debe ser culpa de nadie más que mía, soy culpable de muchas cosas, que en otros tiempos me parecieron banales, o irrisorias, pero ahora se enfrentan a mí con la forma de un frío metal que se deja caer y baja cada vez con más fuerza sobre mí.

Y también soy culpable de amar, de haber tomado la mano de Adam en lugares públicos, de besar su frente al despedirnos. Soy culpable de haber soñado lo que vivimos, un sueño del que no quería despertar, pero mis párpados se han abierto y me muestran la claridad de una habitación diseñada para matar. No solo para mí, pero hoy hasta media noche soñaré por última vez. Ya no será un sueño, porque Adam no está aquí, solo su recuerdo…

 Esto es una pesadilla que terminará al mismo tiempo en que mi corazón se detenga. Aunque mi corazón ya se detuvo hace años, junto con él… ¿Qué es lo que hay dentro de mí? Estoy roto, muy roto, en realidad todo este mundo está roto: el amor no debe ser un pecado, pero lo es ahora y pago por ello.

El péndulo sobre mí amenaza con despedazarme, pero el no lo sabe, no puede saberlo, todo lo que se ha roto en mí, se ha congelado. Solo cortará carne muerta, porque estoy muerto, desde el día en que mi Adam ya no está… ¿Podré llevarme su recuerdo conmigo?

Tercer ruido metálico, mi verdugo frío e inevitable vuelve a descender otros veinte centímetros más cerca de la hora convenida de la ejecución, son las diez de la noche. Abrigo el recuerdo de haber amado, de ser libre, de ser joven, de proteger a Adam, de su sonrisa, la calidez de sus manos sosteniendo mi rostro al besarme, y mis brazos envolviendo su espalda para aproximarlo hacia mi cuerpo. Esta noche siento sus labios sobre los míos, tan suaves, que siento miedo de que esta sensación desaparezca incluso si respiro. Pero el vaivén del péndulo desintegra ese recuerdo con la ráfaga de viento que presiona sobre mi cuerpo, al conducirse cada vez más rápido.

Cuarto ruido metálico, son las once de la noche, he cerrado mis ojos para evitar el contacto visual con los inexistentes ojos de mi verdugo. El metal de mi verdugo fue forjado bajo el fuego, con el calor y el esfuerzo de las manos, del martillo, de un calor que lo hizo arder para tener la forma de verdugo. No tiene nombre, no tiene voz, no tiene consciencia, no tiene voluntad, solo un ritmo, una misión, y al cortarme habrá cumplido su propósito y yo habré pagado mi condena. Puedo sentir una gota de sudor frío bajando por mi cuerpo. Está tan cerca, trató de pensar en algo más, sigo con los ojos cerrados, como si estuvieran tapados. No quiero abrirlos, no vale la pena volver a mirar mi destino, el destino que el hombre ha elegido para mí.

Quinto ruido metálico, “Lo siento Adam ya no podré seguir amándote”. Presiono fuerte mis puños…

Autora: Carla Araneda Condeza

Chile, 2021

[CUENTO] BOGO MARU

—Majestades, Altezas Reales, señoras y señores, dejo este podio al padre Aidan Murphy, Marutai Popola, ganador del premio de este año –dice el presidente del Comité Noruego, abriéndose en un amplio gesto hacia el homenajeado.

Otra ovación vuelve a inundar la sala, las imágenes proyectadas permanecen en la audiencia; en ellas, son cientos los niños africanos que, dichosos, juegan y participan en medio de las instalaciones de las granjas educativas de la Fundación Baile, en Nambia, columna estructural del legado del padre Murphy.

El octogenario sacerdote ha permanecido en silencio, ensimismado, con el rostro apoyado en su inmensa mano de tres dedos, la emoción parece haberle impedido ver las imágenes proyectadas; no se le ve cómodo, se sabe que no está allí por presión vaticana. A pesar de todo, se incorpora de su silla con vigor, con la mítica bravura que se le atribuye frente al león, ese que mutiló su diestra hace sesenta años, cuando intentó rescatar a una niña de sus fauces: la leyenda fundacional de Marutai Popola.

Es un hombre grande, en edad y porte, de movimientos pesados, pero rechaza la ayuda que se le ofrece para subir al podio; viste de frac, aunque ha cambiado la camisa blanca por el riguroso negro, y el lazo por el cuello clerical; entre las numerosas miniaturas sobre la solapa predominan los colores africanos. Demasiado elegante, dirán más tarde, ostentoso. Sus zapatos son, sin embargo, dos monstruosos botines de trabajo, sucios y gastados.

Antes de comenzar, se lleva a los labios un pequeño crucifijo de madera que apenas roza.
—Muchas gracias —dice con una voz profunda, mientras mira hacia la primera fila con una ligera venia, sin soltar el legajo del discurso ni detenerse en nadie. Comienza a leer—: Primero que nada, muy buenas tardes a todos, muchas gracias por estar aquí, acompañándome; sé que muchos preferirían estar en sus casas, viendo la transmisión en sus televisores, bebiendo un buen chocolate caliente, incluso arropados en sus camas, algunos… —Risas—. Esta parece ser una tarde excepcionalmente fría, aquí, en el Ayuntamiento de Oslo, —La pantalla gigante muestra un panorama de la audiencia en un elegante barrido horizontal que se disuelve en fundido encadenado con el rostro de Alfred Nobel acuñado en oro—, me dicen que diciembre ha comenzado más crudo que nunca. —Y tiembla, pero no de frío.

»Más de alguno —se toca el cuello clerical— habrá notado esto con molestia; —Se lo quita, lo contempla unos segundos y se lo mete en el bolsillo. Dos sacerdotes italianos inclinan sus cabezas al unísono, en la cuarta fila, y un murmullo respetuoso recorre la sala—; pues bien, anoche me despertó una llamada urgente (con cuatro horas de vuelo chárter, sin escalas, no sé cómo escuché la campanilla). —Carcajadas—: Era el Secretario Vaticano, en Roma no quieren que vuelva a usarlo; —Autoridades incómodas sacadas de primer plano, silencio—. Está bien, no cambia nada, es sólo un símbolo; para mí, una señal de que este premio no alimentará la especulación en las arcas romanas, sino el apetito de alimento y educación en Nambia, donde urgen, ¡con mis “salvajes muchachos”! —Explosión de aplausos espontáneos.

»Pero no he venido desde tan lejos para hablarles de esto; mucho menos, a incomodarlos.

»Cuando en 1962 aterricé en Nambia, tenía yo, digámoslo, los sueños algo desordenados; no habían aquí —se toca el pecho, donde cuelga el crucifijo — más que ansias de aventura, de desahogo, y la intuición de una frontera entre el bien y el mal tan difusa, que aún me aterra pensarlo. Por entonces, no era yo más que un joven misionero irlandés de ojos claros, arrancado de las calles de un Dublín siempre convulso, gris y húmedo, arrojado a la luz del sol, a la libertad y precariedad de otro mundo; puesto allí, justo en medio de esa marea colorida, “lasciva” —el adjetivo se le ha colado, no está impreso — y bullente.

»No mentiré, “pequé” desde un principio: —El verbo tampoco es el correcto,

Murphy lo atribuye primero al sudor condensado en sus lentes; muchos, en cambio, a su conocida mordacidad, y sonríen; la mayoría se acoge al resquicio de la sordera por recato. Pero el sacerdote sabe que se le ha entendido todo hasta la última fila; mientras seca sus gafas, se toma el tiempo de observar cada reacción en la audiencia, ha vulnerado el límite, ahora puede ir más allá, y enfatiza—: “pequé”, pequé, ¡pequé!; pequé de incauto, de excelsa bondad o estupidez; me entregué a mis ovejas en cuerpo y alma, sin reservas; y esa forma de entrega, señores, señoras, suele ser la ventana predilecta del diablo.

Una tos contenida detona en ecos desperdigados que amplifican el silencio de la pausa. —Veo que vuelvo a incomodar a algunos. —Sonríe travieso, como un niño de ochenta años, pasea sus ojos claros por el borde superior del marco de sus gafas, de lado a lado—. A nadie le gusta hablar de este sujeto, del diablo; resulta tan tranquilizador negarlo, aprovechar la zanja abierta y dejarlo allá lejos, bien bien abajo. Si consigue inquietarnos con el simple echo de pronunciar u oír su nombre, habrá que reconocerle, al menos, ese mérito.

El viento abre una puerta de golpe en algún rincón de la gran sala del consistorio; el sobresalto rompe la tensión suspendida entre la audiencia, pero Murphy no acusa digresión alguna, permanece imperturbable; entonces llega a su rostro una brisa efluente de aquella corriente de aire, un aroma disipado que el sacerdote reconoce de inmediato: sándalo, la flor nacional de Nambia, la misma con que perfumaba a Bitbinimí, la pequeña alegría de su primera aldea, su paje, su monaguillo, la piel de su encanto.

Una mariposa sobrevuela las cabezas de sus altezas reales y Murphy regresa con cinismo al legajo impreso, sobre el atril; el cristal empañado de sus gafas no es un obstáculo.

—El diablo existe, autoridades, mentes de ciencia, estimados artistas e intelectuales, y no es de extrañar que ahora mismo estén surgiendo, en cada uno de ustedes, imágenes de ese primer encuentro con su rostro de piel y ojos humanos. Pues bien, yo le conocí en Nambia, hace exactamente sesenta años; tenía nombre de coleóptero nambí y las piernas desnudas del más pulcro y esbelto barro. —Algunos asistentes se ponen de pie, fuera de todo protocolo, para abandonar la sala; se escuchan algunas voces femeninas, proclamas apagadas y dispersas, gritos sofocados; intervienen discretos agentes de traje y corbata para ordenar la sala, mientras el homenajeado bebe un lento y tembloroso sorbo de agua.

La provocación se le ha ido de las manos, pero mira el discurso impreso con sorna, se siente fuerte fuera de lo programado. Por primera vez en su vida, el embrujo de su carisma parece fisurarse, como si el engaño cediera
irrefutable ante la verdad que le libera, como si la coraza perfecta se desprendiera y, cual manto de seda, cayera, deslizándose con toda suavidad hasta arrebujarse sobre sus zapatos.

De pie frente a los asistentes, ese tribunal no tan imaginado, se aferra al atril con vehemencia; firme sobre el estrado, como tantas veces sobre el altar, con fuerza, como si pudiese impedir que aquel púlpito se deshaga entre sus manos.

Entonces, la mariposa reaparece junto a él, revolotea junto a su hombro un rato y se posa sobre su diestra amoratada; se la sacude invadido por un terror oscuro y la aplasta, sobre la alfombra, bajo su zapato. Una gota de sudor se descuelga sin dificultad entre sus cejas excesivas y desmesuradas.

El director no sabe qué cámara enviar al aire, ha mostrado todo lo que no debía. Cobra protagonismo el nítido primer plano de un inmenso florero de agapantos, el lirio africano, con el homenajeado al fondo, en desenfoque gaussiano.

El octogenario se resiste, con porfía; siente la boca seca, pero se pierde en los destellos que el foco sobre su cabeza replica al interior del vaso de agua; son destellos hipnóticos, como los de aquella tarde en las riveras del Montú, cuando sus «niños salvajes» le enseñaban que la alegría podía tomar las formas del agua, durante los juegos y el baño, y que el gozo de la felicidad podía esconderse también en la piel y los cuerpos del diablo. Al pasar de página el legajo se desarme y caen sus hojas como naipes marcados de una mala baraja.

—No he querido incomodarles —repite, miente, insiste; intenta retomar, sus papeles, el discurso, pese a que la ceremonia se cae también como un castillo de cartas. Mira con cierta inocencia, resignado al personaje que ha sostenido y le sostiene, y suspira, como sacando aire de un globo pinchado —; me cuesta entender que siga aquí, ni en mi mejor pronóstico alcanzaba yo este párrafo. —Vuelve a ponerse los lentes y baja la mirada al discurso impreso con soberbio histrionismo.

»El Diablo visitó mis sábanas, no una noche, sino cada hora de soledad y desencanto; tomó el cuerpo de Bitbinimí (“mariposa negra”, en dialecto nambí), el de Zembú (“ojos del fulgor de las estrellas”), el de Kentá (“monte sagrado”), el de Turdungún (“fuerza varonil de la gacela”) y el de tantos jóvenes más cuyos nombres, no sus rostros, no sus cuerpos, escapan profanos a la memoria de este anciano».

Murphy siente languidecer la poderosa musculatura de sus piernas; una luz roja sobre la cámara que antes lo acosaba le indica ahora que la transmisión en vivo se ha interrumpido; necesita sentarse, pero nadie quiere acercarle una silla. Algunos reflectores parpadean y, en sus intervalos, descubre que las butacas de la primera fila han pasado a ser sólo un puñado de elegantes muebles vacíos; se queda contemplando un cojín hundido, sin memoria suficiente para restablecerse a sí mismo, como el espacio que dejó en su alma la niña mariposa.

Una lágrima, invisible como la brisa, recorre cada pliegue de ese rostro incendiado por los años y por el sol de África.
—Marutai Popola, —«Padre Bueno», es la voz de Bitbinimí, la dulzura de su tono agudo y gastado, brotando por entre las fisuras resecas de sus gruesos labios oscuros—; Marutai Popola, bogo maru…—«Padre Bueno, toma mi mano», en las fauces del león desgarrada; y él, de rodillas frente a ellos, entre jirones de carne y ropa, entre la sangre y las alburas de tendones, huesos y colmillos, aferrado con desesperación al pequeño crucifijo de madera, ese que intenta arrebatarle al animal, a ella, a ese par de inocencias conjuradas para silenciar las bravuras de un cobarde. Un hombre de color le grita furioso desde la tercera fila, pero es algo que él ya no entiende; «la ignominia es otra lanza del diablo», piensa, descree.

—Marutai Popola, bogo maru —repite casi inaudible ante la audiencia, con la mirada perdida en el continente negro, en cada crimen repetido que no consiguió sepultar junto a ella, su favorita, la primera. Se desploma y se retuerce en el piso, la alfombra roja es un suelo infértil de malezas ásperas y polvorientas; junto al escenario están ya apostados los agentes de la policía nacional esperando la orden de aprehensión. Puede sentir la asfixia, el dolor en su brazo, en el pecho, pero nadie se atreve a tocarle. Es demasiado tarde cuando los agentes se resuelven a apresarlo, su visión se nubla y el sudor que le helaba se entibia ahora bajo los rayos del sol de la sabana. Murphy está de regreso en Nambia y es Bitbinimí quien llega a auxiliarlo, quien le tiende su pequeña mano, mientras resplandecen sus ojos, sus dientes y su breve vestido blanco; con sus pies descalzos y aquella sonrisa arrebatada a los ocho años, lo mira enamorada, con un amor tan distinto al que él le juró esa tarde, cuando colgó de su cuello el pequeño crucifijo de aliso, cuando la convenció de entrar juntos en el área restringida del parque safari.

—Marutai Popola, bogo maru. —No puede tomar su mano, le faltan el pulgar y el índice; se escurre entre esos dedos infantiles la paz que creyó ganar por las garras de una bestia.

Autor: Rafael Momares de los Reyes

Chile, 2020

[CUENTO] EL SACO

El agua está fría, mi piel la puedo sentir ardiendo, una quemadura que se va devorando algo más que las primeras capas de piel.

Todo es agua, lo puedo sentir, la corriente y el oleaje ahora solo son un recuerdo, aquí todo es agua y profundidad, cada vez más profundo. La presión en mi pecho me avisa que nos hundimos.

Mis ojos están cerrados, aun no se resignan a nuestro destino, al destino de la piel, de mis labios, de mis cabellos, de mis dedos, de mis pulmones, de esa niña que jugaba alguna vez, de esa mujer que corría para alcanzar algo que ya es imposible.

Mis pulmones saben la verdad, ellos también se están inundando, gritan desesperados, pero nadie escuchará, se están hundiendo igual que todo en mí. Mis manos intentan sujetarse de un salvavidas inexistente, intentan nadar, pero es inútil. Mi corazón en una taquicardia intenta despertar un instinto en mí. Pero mis pensamientos solo tienen una línea de pensamiento. Una línea que se hunde hasta el final del mar, una línea medida en tiempo y profundidad. Esa línea que el destino dibujó para mí tiene nombre y el peso necesario para llevarme hasta el final.

Mi destino jala de mis pies, mi destino tiene nombre, tiene un volumen, tiene la masa necesaria para hacer inútil los intentos de ascender. Estoy destinada a hundirme. Me pregunto si alguien me buscará, no lo creo, pero me gustaría pensar que alguien, por alguna razón que desconozco, me buscará en el lugar equivocado, para poder tranquilizar una emoción que no termino de definir.

Mis pies inmóviles saben su destino, ellos están resignados. Ellos tienen una verdad que los jala al fondo del mar. Una cuerda suficientemente firme y un nudo bien hecho, un nudo hecho para cumplir sus propósitos: no dejarme ir.

Un nudo preparado para hundir a esa mujer de tacones, un paso rápido y abrigo rojo, esa mujer busca llamar la atención, quiere ser vista, quiere se anhelada, pero no sabe que ese deseo la llevará al fondo de sus más hondos pensamientos.

Mis ojos no resignan, ellos tienen la fe necesaria para crear un mundo nuevo en el que no nos ahogamos. Solo para ser felices alguna vez.  Sus labios empiezan a formar un “No” que no acaba, ni terminará. Me preguntó cómo se pudrirá mi cadáver bajo tanto musgo. Alguien notará que me maquillé y me puse ese labial que hace ver mis labios gruesos y llenos de deseo. Pero eso no tiene sentido nadie me encontrará porque nadie me buscará.

La profundidad es suficiente para ocultar los pasos sobre la vida de aquellos que buscamos dejar huellas sobre la arena, esta es la primera marea de la tarde ocultando mi historia sobre la playa. Soy efímera.

Mis ojos se mantienen cerrados, tengo miedo, por primera vez, de abrirlos y confirmar la resignación y la pérdida de mi última esperanza: esto podría ser un sueño. Podría solo necesitar despertar.

Pero queda poco tiempo, tan poco tiempo, el tiempo ese que fija mi final. Debo ver por última vez, pero ¿qué voy a ver? ¿qué necesito ver?, lo que vea valdrá más que mi última esperanza. Al abrir mis ojos dejaré escapar el último mal de la caja de pandora, o tal vez lo último que me pertenecerá en esta vida.

Pero de pronto mis ojos ya no sienten la necesidad de permanecer cerrados, ellos solo quieren ver algo por última vez… Siento pena por ellos, sé que ya no hay luz, la profundidad nos ha traído a un lugar muy obscuro. Lo siento…

Mis párpados se abren lentamente y ahí está observándome: la obscuridad me observa: no solo mi expresión, ella puede ver quien solía ser, ve mis anhelos y se los lleva, pero siento que se lleva algo más.

La cuerda hiere mi piel, incluso con las quemaduras del frío, puedo sentir la piel de mis tobillos desgarrándose. El destino ha tocado fondo y ya no me queda vida.

Un parpadeo rápido, un segundo para volver, un tercero para vivir, un cuarto para llenar los pulmones de aire. Y me digo una y otra vez “solo fue una pesadilla”. De tanto decirlo empiezo a creerme esa mentira. Las siguientes caídas de la noche vuelven anhelantes de volver a ese dulce sueño.

Autora: Carla Araneda Condeza

Chile, 2021

[Cuento] Repartidor de volantes 

Por Rolo Medina.

Aprender una frase, evitar el atropello, entregar el tríptico y mirar pechugas.  Eso es lo que hacía dos o tres veces por semana. Llegaba casi siempre puntual a la salida del metro Tobalaba. El gentío y la intensidad de la población flotante del sector era y según pude comprobar hace un par de semanas, el mismo que en esos días. El desayuno en la garganta y un frío habitual en los meses invernales de Santiago se hacían enemigos sin dificultad. Yo recibía instrucciones de Solange para que entregase correctamente la información. Poco a poco iban llegando al encuentro los demás compañeros volanteros.

– Tienes que fijarte bien a quién le entregas los volantes. Ni a taxistas, ni autos viejos, ni gente fea. -¿Me entiendes? Discrimina, por favor.

Esto que se lee aún como una clasista adoctrinación, no era sino la invocación y el deseo ferviente de establecer diferencias entre el común y corriente chileno, y el que podía acceder a las ostensibles y caras cabañas de agrado que ofrecía la empresa que publicitábamos y por la que recibíamos 10 mil pesos diarios, pagados en cada quincena, y con un horario de 6 horas. Afincados en una cuestionable realidad  socio-económica, los folletos estaban diseñados para una clientela arribista y aspiracional. Por cierto, exclusiva. Lodge de pescas, saunas, canchas de tenis, minigolf, etc. y una ubicación colindante a la cordillera de los Andes. Un lujo para la minoría.

En el auto de la coordinadora, una delgada y neurótica mujer al volante, nos reforzaba nuestro público objetivo, mientras nos transportaba hacia los puntos de entrega del material. Nadie quería la avenida Andrés Bello. Era una calle ancha donde los autos corrían, y los semáforos no ayudaban mucho. Sin seguros de por medio, ninguno de nosotros quería terminar nuestros días atropellados por un hijo de puta de nuestra misma edad en un Mercedes Benz. Al poco tiempo uno se percataba que el trabajo era además de peligroso, mal mirado. ¿Quién se expone por 10 mil pesos mugrientos a que lo atropellen?

Ya una vez en el punto de entrega, uno debía realizar dos cosas. Primero, intentar congeniar con el vendedor ambulante o con el artista callejero que habitaba en dicha esquina. Y segundo lugar, estar atentos a los inspectores de seguridad municipal que cursaban los partes respectivos a la empresa, pues no siempre teníamos permisos para repartir los materiales. Los vendedores ambulantes no eran de muy dócil trato que digamos. Estabas invadiendo su territorio, y algunos realmente se ponían agresivos con uno.

– Saca las huevás flaco, por la chucha. No ves que tengo que pasar.

– Puta, si también estoy trabajando. -Respondía.

Al principio me calentaba la cabeza. Después, simplemente dejó de molestarme. Ellos hacían lo suyo, y estaba bien. El tema de los inspectores sin embargo era más complejo. Apenas me divisaban, comprendía que tendría que llamar por celular a la insufrible coordinadora. El hecho de que la empresa no pagara permisos era una realidad tan asible y palpable como la tremenda brecha de desigualdad imperante en el país. En las columnas de los periódicos serios y decentes, (los menos) se hablaba de un Chile como el país más desigual de los que integraban la OCDE. Que los salarios eran proporcionales a los de Angola, y de la necesidad de reformas en el sistema tributario, educacional y de pensiones.

Pese a ello, los afiches en mis manos seguían insistiendo con las cómodas cabañas de relajo, los lodge de pesca, y el minigolf. Convivían dos países en unos cuántos segundos que duraban los semáforos; El que teníamos que evitar y el grupo objetivo de la empresa de ecoturismo.

[cuento] El vendedor y su vehículo

Por Rolo Medina

Solía convencerme de que las primeras impresiones no podían modificarse muy fácilmente. Miradas tibias y condescendientes me decepcionaron durante muchos trabajos o subempleos, por más que mi comportamiento fuera discreto pero continuamente solícito.

Algo había en esas personas que me traspasaban sus prejuicios o dudas. Yo intentaba seguir de manera incólume mi tránsito comercial con el carrito de alimentos, que llevaba no sin irregulares pasos. Una rueda falta de aceite ponía en juego un equilibrio semi mortal para mi trabajo entre las 08:30 de la mañana y las 17 horas de la tarde.

El diseño particular de mi vehículo laboral contemplaba tres compartimentos hacia el exterior y dos en el interior. En las divisiones de adelante debían ir pulcramente organizados los sándwiches tipo baguete, las ensaladas de frutas, los almuerzos, y en la parte superior, los confites-snacks. En el cajón interno, mi caja. Además portaba siempre un lápiz bic, un gel para manos, una bolsa con el efectivo inicial y un talonario de boletas.

El trabajo consistía en conducir el carrito por los pasillos de siete pisos pertenecientes al edificio cuyas oficinas corporativas utilizaba un banco entre otras organizaciones tales como sociedades de abogados, dentistas, arquitectos, etc.  Sí, subía y bajaba con un carrito de comidas por los ascensores procurando que no se me cayera nada. Antes, durante mi llegada al edificio, previa espera del vetusto taxista que me transportaba y que se quedaba irregularmente estacionado en la vereda del frente, en la calle Moneda entre Ahumada y Estado. Yo debía cargar dos coolers repletos de comida, más 36 latas de bebidas gaseosas, y 20 jugos naturales. O al menos eso decían las putas etiquetas.

– Ya maestro, me espera un ratito que la hago cortita.

– Cruce no más mijo- Respondía el viejo, que a ésa altura del trayecto ya olvidaba el mal rato que le hacía pasar mi jefe, el administrador del negocio, quien le debía 18 lucas.

Luego de dos o tres viajes, según como amanecía mi espalda, dejaba los productos en el hall, pegado a una puerta lateral de los ascensores.

– Hola compadre. Oye por favor, deja que suba la gente primero. Solicitaba el conserje del imponente edificio.

– Ok, respondía yo. Y cavilaba sobre mi condición de «no gente».

El piso al que debía llegar era el séptimo. A las nueve de la mañana las hordas de oficinistas se agolpaban en las puertas de los cuatro ascensores y yo no podía hacer otra maldita cosa que esperar. Una vez en mi destino, realizando suculentos esfuerzos lograba llegar a la puerta donde tenía habilitada por contrato entre la empresa de comidas y el banco, una pequeña despensa para guardar los alimentos, y organizar los inventarios de lo por vender. En sí mismo, el oficio era simple, vulgar sí se me permite. A las semanas, los clientes se sentían en confianza para pedir ciertos encargos. Algunos, lisa y llanamente aseguraban los mejores almuerzos. Otros, comenzaban a confidenciarme detalles de sus funciones en el banco, y hasta un par de mujeres cuarentonas coqueteaban de manera agraciada pero decorosa.

A veces mientras compraban, algunos me manifestaban el fastidio demoledor de sus rutinas, mientras otros se jactaban de sus menudencias familiares que poco o nada me importaban. Los menos, respondían a mi paso de una manera despreciativa. Podía leer en sus ojos cierto nivel de lástima hacia mis funciones. Esto se sentía como una ráfaga de ira y un subidón de temperatura en mi sangre.

Un peregrino deseo alimentado por la bestia del ego me ponía tenso. A la hora de mi almuerzo, en principio era notoriamente visible como eludían mi presencia. En un comedor compartido entre oficinistas, ejecutivos, trabajadoras del aseo, del servicio de climatización, etc. Ahí estaba yo, esperando la liberación de un espacio en la mesa rectangular disponible. A menudo intentaba amilanar la espera bebiendo un poco de agua o tomando café en las máquinas que se encontraban en la sala del comedor.

Los mejores días para la venta eran los lluviosos. Eso les nutría de una esperable pereza. Esperable porque pasaban la mayor parte del día sentados sobre sus traseros rutinarios. Alcanzaba a realizar tres o cuatro vueltas por cada pasillo, y vendía un 75 % de lo que llevaba desde la cocina del local ubicado a unos 200 metros de la estación Salvador, en Providencia. Los días de poca venta eran los peores para mi espalda. Debía volver caminando dicha distancia y hacía paradas para liberar un poco la tensión corporal. Al llegar al negocio, generalmente esperaba a que llegara el hijo del administrador, un tipo joven como yo, pero mucho más alto. Se encargaba de la logística, de comprar los insumos y también salía a vender en otros puntos de venta.

Teníamos buena relación, y nos conocimos porque existían amigos en común. En una de las tantas charlas post pichanga de futbolito, el flaco Oscarito recogió mi relato de solicitud para poder trabajar. Yo había desistido de trabajar en mi profesión, y buscaba algo de dinero para pagar mis cuotas del crédito universitario.

Nos reunimos un martes, y ya el miércoles iba a trabajar. Entendía claramente lo que exigía de mí, y él también respecto a los que yo solicitaba, salvo cada fin de mes. Era duro para pagar. Quizá demasiado, aunque justificadamente celoso de sus intereses. Había tenido varias desavenencias con antiguos vendedores, y tampoco podía negar la insoslayable presencia de los genes. Su padre, el viejo que no le pagaba a tiempo al taxista, era un tanto conchesumadre. Sólo un tanto. Tan alto como el hijo, pero con un carácter seco y flemático. Era el encargado de los números y las cuentas de la pyme.

Lo más gracioso era escucharlo intentando parecer genuinamente alegre. No lo era,  y sus sonrisas o comentarios eran sombríamente paternalistas o socarronamente verticales. Sobre todo con el ayudante de cocina. Un joven haitiano, que trabajaba en dos lugares y cuya presencia era siempre la primera que me recibía después que amarraba mi bicicleta en una de las rejas adyacentes al local. Éste se encontraba entre varios edificios que conformaban un perímetro de varias torres.

 – Buenos días compadre.

 – Buenos días – respondía Dumas.

Dumas tenía las manos áridas, y por supuesto siempre estaba cagado de frío. Era pequeño pero fuerte, y su ánimo aunque aletargado por el cansancio y las horas de extenuando trabajo, siempre estaba a punto de soltar alguna broma. Yo le ayudaba armando los cubiertos plásticos que se entregaban elegantemente sellados. También colocaba las tapas a las frutas y los almuerzos. El tercero en llegar era el cocinero. También joven, y agradable. Luego de unos 20 minutos, aparecía el viejo dueño.

– Cómo va- Decía siempre saludándome a mí antes que al haitiano.

– Dumas, vengo del baño y está la cagada huevón. Sería bueno que lo limpiaras eh. Soltaba el viejo.

– Hola jefe- respondía el morocho.

El último en llegar era el hijo. Casi prestamente para cargar la mercadería y partir a los puntos de venta. Después de un tiempo mi espalda no me permitió seguir trabajando por el mínimo, o por un sueldo maquilladamente superior.