Cuento

Una jornada de trabajo

Por Enrique Urrea Sepúlveda

Son las ocho de una mañana que presagia un hermoso día de sol, salimos desde Cañete en el viejo jeep de la Cooperativa, hacia el comité maderero de Pillin-Pillin. Asalta la duda de si llegaremos, el jeep lanza roncos estertores, tiene media vuelta de volante sin dirección, frenó menos y cada tanto se empaca por la mala alimentación del combustible sin embargo, lo queremos mucho, era un viejo Land Rover del Ministerio de Agricultura, que compramos en un remate y con más ganas que medios, lo fuimos acondicionando hasta dejarlo, con mucha imaginación, en condiciones de llevarnos por los distintos comités de pequeños agricultores, que formaban parte de la cooperativa en la cual trabajamos.

Este es el primer viaje en equipo que hacemos a este comité, además nos une una gran amistad, somos algo así como los tres mosqueteros, en las buenas y en las malas, siempre juntos. Gastón, es el administrativo, Fulton es chofer-mecánico, con una habilidad asombrosa para manejar nuestro glorioso mamotrecho, por esos caminos de tierra de una sola huella; el último del grupo era yo, que representaba la parte técnica de la empresa.

El viaje lo habíamos preparado con bastante anticipación, especialmente esperábamos un día en que el clima nos acompañara. Llevábamos alimento y bebida para cuatro días, más innumerables cajas de mercaderías para los campesinos.

Para nosotros este viaje despertó enormes expectativas. Por un lado, constituiríamos un nuevo comité maderero y por el otro, especialmente Gastón y yo, conoceríamos ese apartado rincón de nuestra provincia, uno de los pocos con selva virgen en plena cordillera, para los campesinos también era un día muy especial, después de largas conversaciones, se agruparían comunitariamente para producir, ese día recibirían así mismo, las nuevas motosierras, elemento casi desconocido por la mayoría (algunos hasta le tenían temor) y más ansiosamente esperaban la mercadería, algunos tendrían productos que no consumía por años, otros tal vez nunca lo hicieron; no debe olvidarse que la gente que habita esos lejanos lugares, vive casi exclusivamente de productos caseros, animales y frutos silvestres, y algunos recién de grandes “bajan al pueblo” como dicen ellos, de madera que todo este panorama constituía de verdad un día muy especial.

Llegamos a Cayucupil (cinco cerros en mapuche) el último poblado de importancia, e iniciamos el ascenso; un polvillo amarillo nos ahogaba e inundaba todo, que en días de lluvia se transformaba en un suelo gredoso y resvaladizo. Dejamos atrás la pequeña reducción indígena de Manuel Chanquéo, donde una turba de perros flacos nos sale al camino, siempre es así, pareciera que, por cada hijo, que de por sí ya son muchos, correspondiera uno o más perros. Cruzamos el puente sobre el río cayucupil, que en innumerable vueltas y revueltas viene de la cordillera con esa agua helada y transparente, donde seguramente a la vuelta, probaremos nuestros señuelos en busca de las truchas salmonadas y arco iris.

Campesinos amables y curiosos nos saludaban al paso, con sus largas picanas de colihues al hombro, llevaban sus pesadas y lentas carretas con bueyes, cargadas con los productos de la huerta casera, frutos silvestres, algún trabajo de artesanía especialmente en madera e hilados a mano, y una pequeña parte de su más pequeña producción de papas, arvejas, porotos secos que esperaban vender en el pueblo para abastecerse de lo indispensable para su subsistencia: llevarían por ejemplo, balas y cartuchos, alimentos, velas, fósforos, parafina para las lámparas y si la venta fue buena algún corte de género para la señora, caramelos para los chicos, con más suerte aún, hasta un par de zapatillas, y por supuesto, vino, aguardiente, cigarrillos y tabaco.

A mitad de camino hicimos el primer descanso, una suave cascada que cala al pie del camino nos invitó a hacerlo. Antes de cruzar ese pequeño vado, Fulton se aseguró de que podríamos hacerlo sin problemas. Enormes helechos de tres metros de alto, daban un marco exuberante y selvático, lustrosos avellanos con sus frutitos rojos, negros y amarillos, mostraban innumerables flores rojas blancas y jaspeadas, del copihue, nuestra flor nacional, eternamente entrelazado a los avellanos.

Siguiendo el curso de la vertiente de agua, descubrí tiernas nalcas de pencas rojizas y jugosas y en los bordes de un remanso, una frondosa cabellera de berros de agua, con las que nos hicimos una refrescante ensalada. Mientras estiramos las piernas y nos relajamos del sangoloteo del viaje, Fulton se puso a enfriar nuestra primera botella de vino en esa fresca agua cordillerana. Gastón, que era el más cocinero de todos, preparó una ensalada de queso fresco, tomates y ají verde picante que, junto con el vino, constituyó nuestro primer tentempié antes de seguir nuestro largo viaje.

Después de una hora de viaje, estábamos sobre los mil quinientos metros, realmente impresionaban los precipicios a la vera del camino por momentos ni hablábamos, nos concentramos de tal manera en la peligrosidad del camino, que se producían largos silencios. Desde esa privilegiada atalaya, veIamos los vastos bosques nativos de robles, lingues, mañíos y araucarias. En un recodo del camino indiqué a Fulton unas grandes matas de chupones, páramos y pudimos saborear unos dulces frutos.

Atrás han quedado El Descanso y El Chacay, dos pequeñas localidades cordilleranas. Cada tanto veíamos el humo de extrañas y solitarias casas enclavadas en el corazón de la montaña, con su clásico corral de palo a pique, llenos de chivos y corderos, típico alimento del hombre que vive en esas soledades.

En una curva del camino, nos encontramos con un enorme camión maderero de una de las grandes empresas forestales de la zona, son camiones que llevan una pluma incorporada, con la que cargan enteros los árboles de pino insigne, materia prima usada en la industria de la celulosa. Fue una verdadera prueba encontrar un lugar medianamente seguro para darle paso, y una nueva tensión para nuestros nervios. Después de algunas curvas y otros tantos sustos, encontramos un rústico letrero que decía: «Pillin-Pillin» 3 Kms. Respiramos aliviados.

Notamos que el camino empezaba a ser cada vez más horizontal, esto nos estaba indicando que llegábamos a la cúspide de la gran meseta donde estaba el comité, final de nuestro viaje. Entramos en una especie de avenida, pero constituida por centenarios árboles autóctonos, pude ver unos soberbios robles, altísimas araucarias, elegantes mañíos, frondosos lingues. No dejó de llamarme la atención, que a pesar de la gran depredación a que han sido sometidos esos magníficos ejemplares, existieran éstos. Más tarde averiguaría que el antiguo propietario, mantenía estricta prohibición de cortarlos, los componentes del comité, tuvieron la feliz idea de respetar esa tradición. Esto permitía a todo aquel que ingresaba al comité, ser recibidos por esas enormes moles vegetales, era como un postrer homenaje a la flora en franca vía de extinción, últimos baluartes de esa selva que ya no volverá. Me llené la vista, el alma, el corazón de esa catedral verde, seguro que nunca más podré ver algo igual.

Tan absortos estábamos en esa contemplación, que no advertimos las señas de un campesino que nos venía a encontrar para indicarnos el camino. Más tarde comprobaríamos lo acertado de esa medida. En los grandes aserraderos, se forman extensas zonas de aserrín, y en muchos lugares con una falsa capa cubren grandes pozos que son peligrosísimos para el peso de un vehículo, y de un viajero desprevenido. Recién llegábamos y ya estábamos recibiendo nuestra primera enseñanza.

Al final de esta explanada se habría un claro en la montaña y aparecía el comité en toda su magnitud. Había una calle central y a cuyos costados se alineaban las rústicas, pero fuertes casas del campamento, todas de elegidas maderas, la mayoría sin cepillar, es decir tal como salen del aserradero. Se destacaba una vieja casona que hacía las veces de oficina del comité y en cuyo segundo piso nos alojamos.  Y una escuelita rural, formada por un gran salón donde la única maestra debía repartir a los alumnos por grados, y una cocina anexa donde se preparaba un almuerzo precario, pero con enorme amor, para satisfacer a numerosos pequeños que hacían largas caminatas a través de la montaña.

Se ve que se puso mucho celo en la elección de las maderas; enormes vigas a la vista de roble, paredes, de lingue, avellano, araucaria, muebles de radal, canelo. Fue un verdadero placer saludar a esa esforzada maestra; yo reflexionaba, alguien debía premiar ese apostolado. Además, en esas soledades, la maestra era cocinera, niñera y por supuesto la madrina de todos los chicos del lugar.

Como se acercaba la hora del almuerzo, fuimos invitados por el presidente del comité. Nunca pude olvidar el sabor tan particular y exquisito de una cazuela de cordero con locro de trigo; había además unas grandes y gruesas sopaipillas que a mi tanto me gustan, y como pan, la clásica tortilla cocida al rescoldo, distribuida en grandes y generosas rebanadas. Lo que indicaba la atención especial que nos dispensaron. Nosotros los invitamos con pan de la ciudad, que les gusta mucho, tomates, queso, ají y vino. Fue un almuerzo cálido pero reservado, el hombre de esos lugares, además de parco, es muy prudente y hasta desconfiado frente a los extraños.

Después del almuerzo, poco a poco fueron llegando los miembros del comité, esa tarde no habría trabajo; Gastón debía cancelar los jornales y yo capacitar a los nuevos propietarios en el uso de las motosierras y organizar en el bosque la explotación de rollizos de pino insigne para la papelera. Fulton nos ayudaba haciendo las solicitudes de los nuevos socios. Al atardecer terminamos nuestra labor, cansados pero contentos por las emociones del viaje y del deber cumplido.

Al anochecer, armamos nuestro campamento, hicimos una fogata que invariablemente terminó en guitarreada. Los principales artistas eran Fulton y Gastón, que lo hacían bastante bien, aunque más tarde y después de unas cuantas vueltas de vino y aguardiente, aparecieron unos cuantos artistas más. La conversación se generalizó en historias de brujerías, desaparecidas luces malas, curaciones y cuanta superstición andaba por ahí suelta, parecía que cada uno quería competir con el otro en contar una historia más fabulosa.

A media noche nos fuimos a nuestro alojamiento, era un dormitorio grande de la vieja casona patronal, resabios de los colonos, la mayoría usurpadores de grandes extensiones de bosque nativo y suelo virgen que merced a artimañas políticas o a punta de revólver, explotaban los bosques al barrer, dejando a su paso un cementerio de muñones quemados. Después de despejar el suelo de tocones y raíces, sembraban trigo una y otra vez, hasta que la fértil capa de suelo se agotaba; entonces lo abandonaban y empezaban el mismo ciclo depredativo en otro rincón de la selva.

Fue una generación despiadada que sólo pensaba en el enriquecimiento personal, sin importarles las consecuencias de su acción criminal para las próximas generaciones. La única tierra que devolvieron, fue en forma de dunas y médanos, por la erosión que causaban en los suelos desnudos que abandonan, que año a año el mar vomita sobre la costa, amenazando con cubrir nuestra poca tierra arable.

Muy temprano al otro día, hicimos una visita al aserradero, impresiona en la quietud de la montaña, sentir el penetrante silbido de la máquina llamando a iniciar la labor. Entonces, cual laboriosa colmena, se pone en movimiento todo un conjunto de hombres, cada uno experto en su oficio, formados a golpes desde pequeños; la verdad es que un aserradero de alta montaña es un trabajo para hombres bien hombres. Los artífices de este grupo son: el «palanquero» y el «motorista», los únicos que son llamados maestro y cuyas indicaciones son inapelables, si lo dicen ellos, así debe ser. El palanquero es el hombre orquesta, ha recorrido todos los rincones de la selva con su equipo, sabe elegir el lugar justo, instala y nivela a simple vista el banco aserrador, tarea a veces imposible para un joven técnico provisto de sofisticados instrumentos. De sus manos saldrán las diversas escuadrías (medidas) de maderas del trozo que colocó en el banco, para sacar el máximo de madera aprovechable de él.

El motorista, es el único capaz de mantener en movimiento el viejo y cansado «locomovil», con unas cuantas chapas, fierros y alambres, hasta que la crónica roja diga que en el aserradero tal, el añoso corazón del locomóvil explotó en mil esquirlas de muerte, dejando sólo el recuerdo del también viejo motorista, única forma de separar hombre-máquina. Debo aclarar que el locomóvil es un viejísimo motor a vapor, del siglo anterior, que, durante toda la jornada de trabajo, traga gruesos troncos de leña, cuyo calor generará el vapor necesario, para poner en movimiento las poleas que, a través de largas correas, hará accionar la sierra que aserrará el trozo.

Es un aserradero de «los de antes», en donde casi todo es casero y artesanal y se repara en el lugar de la faena. Son los últimos que se atreven a llegar a los rincones inaccesibles de la montaña, donde el camino hay que hacerlo a mano, a pulmón y corazón. El lugar en que se instala uno de estos aserraderos, puede ser elegido por el palanquero que es el propietario del equipo o por el propietario de esa parte de la montaña. Cuando los lugareños se enteran de tal instalación, empiezan a buscar esos centenarios árboles que aún quedan en pie, generalmente en lugares casi inaccesibles, los voltean y en sus lentas carretas madereras tiradas por una o dos yuntas de bueyes, llegan con su trozo al aserradero; aquí se usan tres formas de pago: a maquila (a porcentaje)en cuyo caso el aserradero se queda con una parte de la madera producida; al trueque, cuando pagan con especies, comida, animales o mano de obra, y al contado con dinero efectivo.

Quisiera indicar muy rápidamente como sería la producción de madera de uno de estos aserraderos: llega la carreta con el trozo y lo deja en la nave, dos poderosos maderos sobre los que se hace rodar el trozo, donde los vueltapalos, hombres tan colosales como los trozos, los manipulan hasta dejarlos en el carro; empieza entonces el trabajo del palanquero que hace llegar el carro hasta la sierra donde empieza a cuadrar el trozo, saca primero lo que se denomina las tapas, que son las piezas que llevan herida la corteza, sólo sirven para leña, luego hace una segunda cuadrada y saca las cantoneras, llamadas así porque tiene restos de corteza en sus cantos.

En el campo son muy usadas para construcciones rústicas como: graneros, corrales, chiqueros, cobertizos, etc. Después de esto, el trozo ya está en condiciones de ser aserrado, donde la sapiencia del palanquero sacará: tablas, tablones, listones, postes, vigas, etc. Esta madera la van recibiendo los acarreadores, los que irán formando con la parte de madera del aserradero, los castillos, para que ésta se seque correctamente. Debajo de la sierra están los aserríneros, que, con grandes carretillas de madera, van sacando el aserrín el que es volcado en una depresión, generalmente junto a un río.

En el segundo día de nuestro trabajo, entregamos las motosierras nuevas, no olvido las caras de temor y orgullo al mismo tiempo de los nuevos propietarios, que terminarían así, con el lento y pesado trabajo del volteo y trozado a hacha. Podrán obtener con estas herramientas el máximo de rendimiento y con menor esfuerzo, y lo más importante, tendrán la satisfacción de ir pagando su propia máquina con el fruto de su trabajo y como después pasan a formar parte de una cuadrilla de trabajo, valoran también el trabajo comunitario. Al final del día se recibieron los metros de rollizos producidos el mes anterior, parte de los cuales serán acreditados a su cuenta corriente para amortizar la motosierra.

Al anochecer, llamamos a la reunión a todos los campesinos del comité y a los que aún estaban indecisos, expliqué el plan de trabajo que había pensado para ellos y que les ponía en consideración. La idea es que a medida que se va explotando el bosque, se replante al primer invierno siguiente, para lo cual hay posibilidades de conseguir un muy buen crédito del Ministerio de Agricultura, departamento forestal, quienes precisamente están promoviendo las forestaciones en la provincia, debido a las dos nuevas plantas de celulosa que se había establecido y que en el futuro requerirían mucha materia prima en formas de rollizos de pino insigne.

Con este sistema y reforestando cada año, se van creando sectores de pinos de diferentes edades que permitirán en el futuro, seguir un plan racional de explotación, porque siempre habrá zonas maduras de bosques a talar. Sólo quedarían libres de este plan de reforestación, aquellos suelos factibles de utilizar en la producción agrícola y ganadera. Estos se deberían ir alambrando y constituirán a futuro, la base de producción de granos, forrajes y carnes. Por supuesto que toda la producción agropecuaria debe ser comunitaria. El trabajo de limpiar y apotrerar los sectores dedicados a la agricultura, debían ser realizados con el aporte de mano de obra igualitaria de todos los socios. Las semillas, fertilizantes u otros insumos serían entregados en crédito por la cooperativa. La producción obtenida, sería repartida en partes iguales a cada socio, la que se destinaría: como una parte para el consumo familiar, otra para semilla para la siembra del año siguiente y una tercera parte sería entregada a la cooperativa para amortizar su crédito.

Con respecto a la necesidad de mecanizar el trabajo de la explotación forestal, sugería la posibilidad de cada socio venda una yunta de bueyes, de esta manera se disminuirían las necesidades forrajeras y el dinero de la venta se transformaría en un tractor, con lo cual el traslado de los rollizos sería más fácil y rápido contando además con algunos implementos, todos los trabajos de preparación de suelos, siembra y cosecha serían más oportunos y eficientes. La cooperativa podría llevar un par de muchachos a la ciudad, para capacitarlos como tractoristas-mecánicos, a los que después el comité debería contratar como tales.

Sobre la necesidad de incorporar a las esposas e hijas mayores al sector productivo de la familia, les hacía ver que como todos cosechan su propia lana, podrían comprar las tinturas y demás materiales al por mayor con un crédito de la cooperativa, la que les cubriría toda la producción de sus artesanías. Con estas ventas una parte iría a cubrir el crédito y la otra ingresaría al presupuesto familiar. Si esta iniciativa daba resultados satisfactorios, más tarde podrían ampliarse las metas incluyendo: trenzados, platería, tallados, cestería, cerámica, etc.

Al calor de estas iniciativas, se había suscitado tanto entusiasmo, que, si no les manifiesto mi real cansancio de todo un día de trabajo, bien podríamos haber amanecido conversando. Debo aclarar con respecto a mi cansancio que nuestro organismo no está adaptado a movernos a esa altura y se necesita de un esfuerzo adicional para realizar cualquier actividad.

Esa noche me fui a dormir con la convicción de que había aportado un granito de arena para que ese grupo vislumbre un futuro mejor a sus largos años de penurias y de abandono, y la esperanza de una vida digna para ellos y sus hijos.

Al tercer día emprendimos el regreso, no sé cuántas manos duras y callosas estreché ese día, pero una lucecita de esperanza, orgullo y fe vi en sus ojos. Había ganado muchos amigos y la semilla plantada en sus corazones, germinará en hombres dignos y solidarios.

El Doctor Pellizcos

Por Lorena Arana

Hace algunos años, estando en la celebración de la Primera Comunión de mi sobrina, en Cerritos, cerca de Pereira, surgió un rumor bastante peculiar: el de la existencia de un doctor, en Manizales, que se decía capaz de curar cualquier mal a punta de pellizcos. El asunto, además, era contado con conocimiento de causa por una familiar de mi cuñada, que aseguraba que su hija, al igual que muchos otros, se había curado de alguna dolencia después de experimentar, en carne propia, el poder de dichos apretones, de aquellos dedos y de aquellas uñas.

Como si fuera poco semejante historia, no transcurrieron más de dos días antes de escuchar a mi tía Helena gritar emocionada: “¡Conseguí el teléfono del doctor Pellizcos!” y, no obstante, nos subimos siete personas a una camioneta desde la capital de Risaralda a la de Caldas, rumbo a conocer a aquel hombre que tan extraña promesa hacía, a quien le expondríamos nuestra carne como inocentes cochinillos: mi primo, de unos cincuenta y tantos, un hombre de mucho carácter, fiel creyente de todo lo homeopático, alternativo y naturista; mi tía Olga, incapaz de hablar ni llevar a cabo de manera satisfactoria el resto de funciones a cargo de la lengua, los músculos masetero, temporal, ptreigoideo lateral y demás que encontré en Google y que tienen que ver con la deglución, a causa de dos lamentables accidentes cerebrovasculares; mi tía Helena, extraordinaria sobreviviente del cáncer de colon; mi madre, con un Párkinson muy disimulado y estable en esa época, más algunos dolores de cadera; la novia de mi primo de aquel entonces; una gran amiga de la familia, de nombre Amparo; y yo, cultivando, sin saber, la segunda temporada del Trastorno de Ansiedad Generalizada en mi cabeza, el cual, después, tendría suficiente tiempo para detonar y desplegarse a su antojo.

El doctor Pellizcos terminó siendo un señor de edad que vivía con su esposa en una casa pequeña sobre una calle empinada, de esas que cuesta cruzar, tal como se jugara la vida misma en ello. La primera en pasar a la consulta, habíamos acordado, sería mi tía Olga. Y, ante la expectativa, mi primo acordó con ella:

-Tía, si eso es breve, hágame así -indicando la seña de levantar el dedo pulgar para indicar que todo está bien- pero, si le está doliendo mucho, entonces, así -la clásica de levantar el dedo del medio-

Pasados unos segundos, mi pobre tía no hacía más que enseñarnos el anular, aparte de retorcerse y generar un montón de sonidos guturales que en absoluto le devolvieron el habla. El anciano se ensañó con ella un buen rato, especialmente con los pies y las manos, pues tales parecían ser las zonas donde el susodicho desahogaba sus mágicos poderes.

De ahí siguió mi tía Helena, cuyos gritos, a diferencia, fueron de lo más puros y desinhibidos. Para entonces, ya habíamos descubierto otro importante elemento: la risa; pues, en ningún momento previmos que observar a los demás mientras eran pellizcados fuera tan gracioso. Al fin y al cabo, cada uno acababa indefenso frente al curandero, a merced suya y, de alguna manera, el dolor y los gritos nos llevaban a un estado primario que no dejaba espacio sino para la burla.

Mi madre, siempre tan recatada, para nuestra sorpresa, no gritó. Hasta ese punto llegó su decencia. Se quejó, claro, aunque de una manera muy educada, lo cual hizo avergonzar aún más a mi tía después de sus quejidos, que, aparte, tenían la particularidad de durar únicamente durante la tortura al que el hombre la exponía, tal como si le dieran play y pause a una grabadora de las antiguas.

Mi primo, como ya mencioné su carácter (por así decirlo), no hizo más que echar madrazos e insultar al pobre doctor Pellizcos. Le dijo hasta misa a él y a nosotras, al intentar filmarlo; pues, el registro de aquel viaje se convirtió en un tesoro familiar.

Entonces, llegó mi turno. Y claro que dolió. Sin embargo, terminé teniendo casi tanta clase como mi madre, pues tampoco grité, aunque sí me doblé y gemí por montones. La duración de las sesiones, al parecer, dependían de la gravedad del paciente. En mi caso, más o menos, quince minutos. Una característica importante del doctor, que solo hasta entonces noté, fueron sus largas uñas, ya que sus pellizcos realmente consistían en enterrarlas en la piel hasta casi hacerla sangrar.

Un dato más, la tarifa: alrededor de treinta mil pesos por cabeza.

Después del mencionado espectáculo, ni la novia de mi primo ni Amparo se atrevieron. Y, extrañamente satisfechos por nuestra experiencia, emprendimos el viaje de vuelta a La Perla del Otún, en una sola carcajada, sin poder creer habernos aventado a dicho viaje surrealista, expuesto a tal situación; como si despertáramos de un trance, repasando una y otra vez cada momento; sintiéndonos un poco ridículos, pero contentos; planeando enviar a cuanto familiar se nos ocurría a donde aquel extraño médico y las supuestas razones que le daríamos; encontrándonos, en efecto, mejor que nunca después de la supuesta terapia; felices gracias al doctor Pellizcos, como seguimos llamando al hombre que, quizá, sí curó varios de nuestros males, pues comprobamos su verdadero poder: el de la risa.

Mickey Mouse

Por Lorena Arana

Arribamos al lugar. Se bajan mi cuñada, mi madre y Consuelo. Mi hermano y yo vamos a buscar parqueadero. Regresamos caminando, entramos. Se llevan a cabo dos en simultáneo, uno al lado del otro. Asuntos del azar.

Llegamos hasta uno de ellos. Encontramos a doña Luz destruida, derrotada. Me saluda, le digo una que otra cosa. Abraza a mi hermano, llora despojándose de toda fuerza, como una olla a presión, desde los sueños que ha tenido que apagar a la fuerza en las últimas horas. Él también se nota afectado. Tiene una niña de once años, a quien ella le ha ayudado a criar. Mi madre, mi cuñada y Consuelo lucen transformadas. Mucho ha pasado por sus mentes, ojos y bocas desde que se bajaron del carro.

Saludo a los padres; adoptivos, de hecho: su tía y el esposo. La madre biológica no se encuentra en el recinto. Los siento incómodos con mi presencia. No los culpo. En ese momento, hasta la vida misma les incomoda. Paso por la sala de al lado. Otra menor, diecisiete años, leucemia. La madre es solo un cuerpo, su mente va lejos. Se halla medio muerta, falta de todo, sobre un mueble. Hablo con un par de personas. Regreso. “¿Quién es Lorena?”; me contaría, después, mi mamá que preguntaba la de doña Luz. Ese día conocí al esposo, al ex, a su tierna progenitora, hermana y cuñado. “Yo con usted gozo mucho”, me dice doña Luz, en una despiadada mezcla de risa con nostalgia, a la cual no sé cómo debo reaccionar.

Y, en medio de todo, el ataúd.

Alguien ha puesto un muñeco de Mickey Mouse encima. Doce años. No se supo bien qué fue: Algo pulmonar, infarto, Covid… Es enero. Hace un mes hacía la Primera Comunión. El Niño Dios le trajo un juego nuevo de alcoba. Ahora, ¿qué harán con él? ¿Con las preguntas insulsas, la tristeza, el desespero? ¿Con tales días poco vívidos, que quién sabe en qué parte de la memoria quedarán? ¿Con aquel ahogo que atrapa la razón, la secuestra y extrae de toda lógica? ¿Con la realidad patente, establecida en el centro del pecho, de la cual no se puede escapar? ¿Con los recuerdos entrando como metralla (o saliendo)?

Con tal locura de puntas afiladas; que, con cualquier movimiento, corta.

A la mamá de la de diecisiete le dio la pálida. La cargan entre varios.

Ese día la de doce comió piña. Después, no se supo más. La llevaron a la clínica. Doña Luz se alistaba para ir, cuando la llamaron. Era su hija, que la requería, solicitaba con urgencia, le urgía contarle que se había quedado sin nieta.

Supremo

Por Lorena Arana

Llegamos a la iglesia. Sí, a la del secuestro, en Cali. Muchos carros, se nota que es Domingo de Ramos. Mi madre se baja. Yo me voy a buscar parqueadero, regreso. Está atestado de gente. Veo a mi madre sentada en la primera fila. Me ubico afuera, bajo una carpa que han instalado. Hay pantalla gigante, incluso sillas libres. Me siento, curiosa, mientras todos se aglomeran en las puertas. Escucho la misa. Lo hago y no, como tantas veces en que debo llegar a casa a repasar las lecturas. Ya se volvió costumbre. Una terrible, si me pongo a pensar. Precisamente eso: Ponerme a pensar.

Los confesantes forman una larga fila, justo al lado de donde estoy.  Se nota que es Domingo de Ramos. Sobreviene la culpa en el ambiente; dentro de mí también, claro. Y una cosa sí escucho: el Evangelio. Que a Jesús lo arrestaron y los discípulos huyeron, que pasó la noche pidiendo: “Si es posible, que se aleje de mí este cáliz”; que tenía una tristeza de muerte, así mismo dice. Que Pedro lo negó… Después, llega todo lo humano: La sed, la sangre, el dolor. “Pobre”, pienso; cuando fue Él, precisamente, quien me salvó.

En el momento de la paz, encuentro un puesto junto a mi madre. Vemos a uno de los ayudantes del padre llorando, arrodillado en el altar, tras recibir la hostia. Quién sabe qué le pasa. Mejor dicho, qué le pesa. “Jesús, tú eres”, la canción. “la persona”. Y ahí estamos todos, “más importante”, mujeres, hombres, ancianos. “En este lugar”. Cada uno desde su experiencia. “Rey de reyes”, desde quiénes somos, “señor de señores”. Y ahí está Él, “aquel”; rescatándonos una vez más, “que mi vida cambió”, de nosotros mismos, de nuestra maldad, impureza; cumpliendo sus promesas dos mil años después.

El que predicaba con parábolas y tenía doce apóstoles era, ciertamente, el Mesías. Así lo reconocieron nuestros antepasados cuando se rasgó el velo del templo y aún seguimos adorando a ese hombre ensangrentado, espinado y lleno de miedo; cargando una cruz que no era suya por nosotros, por cada uno de nuestros traumas y problemas, por los momentos en que hemos sido débiles, para que tengamos una experiencia de vida plena.

Cada vez que somos probados, está ahí, detrás, apostando por nosotros, por la semilla que sembró; como si fuéramos superhéroes, cuando es Él, precisamente Él… (¡Ahh! Permítame, tomo aire) Con el único fin de que sigamos mirando al cielo, diciendo: “¡Gracias!”, encontrando un perdón, elevando la mirada a ese Dios que no falla, pidiendo de rodillas, confiando. Me pregunto: ¿Será posible que la humanidad haya mantenido una farsa? ¿Que esta haya trascendido generaciones y continentes? Aparte, ¿desde una época sin la tecnología y las facilidades de comunicación de ahora?

¿Y los ángeles, exorcismos, posesiones, apariciones?
¿Y la Virgen, sus manifestaciones?
Y todavía nos preguntamos si Dios existe.
Salgo con mi madre, agarrada de gancho, a buscar el carro.
Sí, se nota que es Domingo de Ramos.

No va a perder su tiempo

Por Lorena Arana

El gordito, cuento corto del escritor israelí Etgar Keret; en poco más de mil palabras, nos traslada a través de una narración surrealista, con romance de por medio, que surge entre el protagonista y otro personaje, el cual es el eje de todo y quien lanza al público directo al género fantástico. Es lineal en el tiempo y está escrito en segunda persona; lo cual considero que, como lectores, nos involucra de inmediato.

Arranca cuestionándonos: “’¿Sorprendido?”, así como remontándonos, instantáneamente, a nuestra propia intimidad: “Sales con una chica. Una primera cita. Una segunda cita”. Aquel tono cercano se alcanza de manera automática; al igual que el entretenimiento que brinda, refiriéndome a una obra que, fácilmente, se lee de un tirón, sin una pizca de aburrimiento y que se agarra de un secreto. Apuntar a la curiosidad del público es un truco fino. Gran comienzo y punto para el cuentista de este tiempo; mas no se queda en la estética, ni en la forma. Pues, es una obra que cala fácil en la psiquis, de esas que tienden a dejarnos pensando y pueden contar con variedad de interpretaciones, donde cada palabra se nota estratégica y muy bien pensada; sin dejar de lado que Keret jugó con sabiduría y, quizá, hasta ironía con nuestra mente, basándose en el factor sorpresa.

Al inicio, puede parecer una historia predecible y darnos la impresión de que somos más inteligentes que el autor. Sin embargo, cuando vamos, este ya viene y realiza una jugada maestra entre lo que resultaba tan obvio y lo absurdo, un nuevo integrante; llevándonos por un camino completamente distinto al que imaginamos; gracias a la inesperada reacción del protagonista, que altera por completo el curso de las cosas e, incluso, nos arrastra a hacernos ideas, preguntarnos qué haríamos en su lugar, qué tan real es lo que consideramos amor y, en general, todo el diálogo interno al que invita el tema de las emociones humanas.

Al inicio, el escritor también revela que al personaje le hubiera parecido poca cosa que su mujer, en algún momento, se hubiera “echado un palo con un animal, con un familiar” o por dinero, lo cual alude a sus escrúpulos, elemento vital en cómo se desenvuelve la obra. De igual manera, me genera curiosidad que el enano sea grosero “especialmente, con las mujeres”. Esa aversión me hizo pensar en complejos y resentimientos. Y, en general, el texto, en quienes no tienen claro lo que quieren o cómo se sienten, en homosexualidad, transexualidad, en gustos; en llegar a conocer tanto a una pareja que, en cierta forma, se termine desdibujando la imagen que se tenía al principio por una mucho más psicodélica, como termina siendo la misma esencia humana; en un pintoresco ideal de “tener lo mejor de ambos mundos”.

Se me hace un relato muy simbólico y la manera en que Keret cierra el texto, me lleva a concluir que, al fin y al cabo, se trata de una exótica apología al amor. Entonces, a quien quiera pasar un buen rato, descubrir la trama y sacar sus propias conclusiones, claro que le invito a leerlo. No va a perder su tiempo, si es lo que teme.

Libro: Un hombre sin cabeza y otros relatos
Autor: Etgar Keret
Editorial: Sextopiso
Año publicación: 2010

[Cuento] El lobo de Lanalhue

Por Henry Estrada Beltrán

–¿Has visto a Carlita? – preguntó a una ballena un angustiado lobo marino, Jorge.

–No la he visto, pero después de las grandes olas y el movimiento de las placas subterráneas, muchos de los vecinos se han ido – contestó la ballena. Jorge escuchó con dolor y continuó su búsqueda.

–¡Carlita! ¡Carlita! ¿dónde estás? – gritaba el lobito mientras sus lágrimas de desesperación nublaban sus grandes ojos cafés.

Así pasaron los días, que se transformaron en semanas.
Un día, el viejo Juan, un experimentado lobo con conocimientos de la ciencia y la tierra, habló con Jorgito.

– Mi abuelita me contó sobre un maremoto de hace 50 años atrás, y varios lobos fueron arrastrados hacia el río. Puede que tu madre esté ahí – Le dijo. Sin pensarlo dos veces, el joven lobo inició la más grande y osada travesía en la búsqueda de Carlita.

Al llegar a la desembocadura de aquel río del que le contó don Juan, supo que las condiciones de las corrientes, temperatura y salinidad eran adversas, pero el amor todo lo puede y comenzó su travesía río arriba.

En un momento de flaqueza, hambre y cansancio pensó en regresar, pero a lo lejos le pareció escuchar unos gritos, al voltear se alegró de ver que el viejo Juan junto con el tío Raúl se habían unido a la búsqueda. Al juntarse los tres, sus corazones se llenaron de gozo y juntos continuaron la expedición.

Tras 7 días de navegación, llegaron a una enorme masa de agua, en algún momento pensaron que el río acabaría en algo más pequeño, pero nunca imaginaron llegar a un gran lago como el Lanalhue.

Así pasaron las horas, días y años, en la búsqueda de Carlita, en ocasiones se asustaban por las lanchas de los turistas que trataban de sacarlos, a veces lograban librarse y otras no, así fue como murió el viejo Juan destrozado por la hélice de estos monstruos, gobernados por los que se autodenominan de raza superior.

La esperanza es infinita, pero la vida no, y los años pasaron la cuenta en el viejo Raúl. – Sé que algún día encontrarás a tu mamá – esas fueron sus últimas palabras.

Aun se puede ver al viejo Jorge, recorriendo las aguas del gran lago Lanalhue, el verdadero maestre del lago de las almas en pena.

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Esta historia es un extracto del libro “Un libro con ballenas”, del escritor chileno Henry Estrada Beltrán, obra publicada recientemente en noviembre de 2023.

Sobre el autor:
Henry Estrada Beltrán es ingeniero civil industrial, docente y escritor chileno. Es autor del libro Antología de cuentos costeros, entre los cerros y el mar, Comunicarse de corazón a corazón, una colección de breves mensajes inspiradores, Historias que no son historias, Más historias que no son historias, Communicating from heart to heart: A collection of short inspirational messages, Intrépidos Navegantes, La ciudad de los Dones, Cuentos y anticuentos, Nuestro camino, Caleta de Cuentos, Descuentos, y Un libro con ballenas.

[CUENTO] EL PÉNDULO

Había sudor, el olor que exhala el cuerpo después de correr un maratón, el olor a orina y otros fluidos secretados por el cuerpo humano, y no solo era de mi cuerpo: hubo otros al igual que yo que esperaron o dejaron pasar el tiempo sobre esta misma mesa de mármol. Aun así, me era difícil pensar que otros en mi situación, antes de este día hayan declinado en las mismas circunstancias.

Dicen que cuatro paredes pueden crear un hogar, estoy entre cuatro paredes y probablemente sea cierto eso que dicen, y este sea mi último hogar, uno solitario y frío, uno breve, pero el que perdurará en mi memoria más que otros más cómodos, más que otros más cálidos, porque este es el último que habitaré.

El mármol es un buen material, es un deleite para vista, pero muy frío al tacto. Recuerdo las bancas del museo en invierno, un hermoso mármol, listas para una foto, pero al más leve contacto mis manos se tensaban; ¿Cómo podía ser algo tan bello y suave, pero frío al mismo tiempo?

A veces pienso que la belleza es una mentira, que una parte de nuestro cerebro nos la cuenta para hacer más aceptable ciertos aspectos de la vida, y que no es real. Recuerdo a Adam, él era la persona más bella en todo el mundo, o eso creía, o eso me hacían creer, o tal vez él quería que creyera eso. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vi… ¿Lo bello puede morir? ¿Él reamente era bello? ¿Él realmente murió?

¿Amar puede ser un pecado? ¿Amarlo pudo realmente ser un pecado? La verdad no importa si fue o no un pecado, o si pudo haber sido de otra forma, porque yo lo amé, de forma inevitable e irresistible, y aún en este lugar, sobre el frío mármol, lo amo y nada en el mundo puede cambiar eso, ni siquiera la afilada arma que pende sobre mi cuerpo. Nadie, ni siquiera el miedo tocará esa parte de mí, ese amor que me hizo feliz y ese tiempo que fue solo mío y de Adam. Solo me pregunto si podré recordarlo incluso después de morir. Su recuerdo, eso es lo único que quiero llevarme conmigo… ¿Lo podré recordar?

…puedo sentir el vaivén del viento sobre mi pecho desnudo, y el ruido del metal bajando y aproximándose hasta mí. Cada hora se aproxima veinte centímetros, y empezó a las ocho de la tarde, lo sé porque así rezaba mi condena, esa condena que los hombres han designado para mí en esta vida. A las doce de la noche el péndulo descenderá lo suficiente para destruir mi cuerpo… son las ocho en punto y el ruido metálico de las poleas lo anuncia.

Tenía cinco años en esa navidad especial en que mis padres anunciaban su embarazo ante la familia. Yo lo sabía por adelantado porque días atrás mis padres me sentaron en la mesa del comedor y me explicaron que tendría un hermano o una hermana en algunos meses más. Mamá estaba feliz, recuerdo sus sonrisas, incluso carcajadas.

Yo jugaba en mi cuarto esperando la llamada de mamá para la cena, me gustaba imaginar la sonrisa de todos en el lugar. Me sentía parte de algo que entregaría felicidad a todos.

Recuerdo la comida, el pollo recién preparado, las bebidas, las papas asadas. Todos esperaban el postre, un brazo de reina de ochenta centímetros que mi madre preparaba cada navidad. Siempre quedaba para deleitarse los días siguientes.

Me sentaría tan bien un abrazo, sólo uno antes de partir, tal vez mamá me abrazaría, si ella estuviera viva creo que podría abrazarme por última vez. Su perfume entumeciendo mi nariz y mi memoria con recuerdos, el roce de su suéter tejido por sus propias manos, el roce de su mejilla tibia sobre la mía, un beso en el aire y al final una sonrisa llena de calidez, como esa que me daba cada noche antes de dormir. 

Segundo ruido metálico me indica que el péndulo había descendido veinte centímetros más, y que eran las nueve de la noche, me quedan tres horas de vida y el vaivén del péndulo continúa con su cruel danza sobre mi cuerpo, sin pausas, sin prisas, solo haciendo la danza de la muerte. Me es raro pensar que estoy en la misma situación de muchos antes que yo, y que otros muchos más padecerán. Muchos han muerto bajo el filo del verdugo del péndulo, y quizás todos éramos culpables. Mi vida no debe ser culpa de nadie más que mía, soy culpable de muchas cosas, que en otros tiempos me parecieron banales, o irrisorias, pero ahora se enfrentan a mí con la forma de un frío metal que se deja caer y baja cada vez con más fuerza sobre mí.

Y también soy culpable de amar, de haber tomado la mano de Adam en lugares públicos, de besar su frente al despedirnos. Soy culpable de haber soñado lo que vivimos, un sueño del que no quería despertar, pero mis párpados se han abierto y me muestran la claridad de una habitación diseñada para matar. No solo para mí, pero hoy hasta media noche soñaré por última vez. Ya no será un sueño, porque Adam no está aquí, solo su recuerdo…

 Esto es una pesadilla que terminará al mismo tiempo en que mi corazón se detenga. Aunque mi corazón ya se detuvo hace años, junto con él… ¿Qué es lo que hay dentro de mí? Estoy roto, muy roto, en realidad todo este mundo está roto: el amor no debe ser un pecado, pero lo es ahora y pago por ello.

El péndulo sobre mí amenaza con despedazarme, pero el no lo sabe, no puede saberlo, todo lo que se ha roto en mí, se ha congelado. Solo cortará carne muerta, porque estoy muerto, desde el día en que mi Adam ya no está… ¿Podré llevarme su recuerdo conmigo?

Tercer ruido metálico, mi verdugo frío e inevitable vuelve a descender otros veinte centímetros más cerca de la hora convenida de la ejecución, son las diez de la noche. Abrigo el recuerdo de haber amado, de ser libre, de ser joven, de proteger a Adam, de su sonrisa, la calidez de sus manos sosteniendo mi rostro al besarme, y mis brazos envolviendo su espalda para aproximarlo hacia mi cuerpo. Esta noche siento sus labios sobre los míos, tan suaves, que siento miedo de que esta sensación desaparezca incluso si respiro. Pero el vaivén del péndulo desintegra ese recuerdo con la ráfaga de viento que presiona sobre mi cuerpo, al conducirse cada vez más rápido.

Cuarto ruido metálico, son las once de la noche, he cerrado mis ojos para evitar el contacto visual con los inexistentes ojos de mi verdugo. El metal de mi verdugo fue forjado bajo el fuego, con el calor y el esfuerzo de las manos, del martillo, de un calor que lo hizo arder para tener la forma de verdugo. No tiene nombre, no tiene voz, no tiene consciencia, no tiene voluntad, solo un ritmo, una misión, y al cortarme habrá cumplido su propósito y yo habré pagado mi condena. Puedo sentir una gota de sudor frío bajando por mi cuerpo. Está tan cerca, trató de pensar en algo más, sigo con los ojos cerrados, como si estuvieran tapados. No quiero abrirlos, no vale la pena volver a mirar mi destino, el destino que el hombre ha elegido para mí.

Quinto ruido metálico, “Lo siento Adam ya no podré seguir amándote”. Presiono fuerte mis puños…

Autora: Carla Araneda Condeza

Chile, 2021

[CUENTO] BOGO MARU

—Majestades, Altezas Reales, señoras y señores, dejo este podio al padre Aidan Murphy, Marutai Popola, ganador del premio de este año –dice el presidente del Comité Noruego, abriéndose en un amplio gesto hacia el homenajeado.

Otra ovación vuelve a inundar la sala, las imágenes proyectadas permanecen en la audiencia; en ellas, son cientos los niños africanos que, dichosos, juegan y participan en medio de las instalaciones de las granjas educativas de la Fundación Baile, en Nambia, columna estructural del legado del padre Murphy.

El octogenario sacerdote ha permanecido en silencio, ensimismado, con el rostro apoyado en su inmensa mano de tres dedos, la emoción parece haberle impedido ver las imágenes proyectadas; no se le ve cómodo, se sabe que no está allí por presión vaticana. A pesar de todo, se incorpora de su silla con vigor, con la mítica bravura que se le atribuye frente al león, ese que mutiló su diestra hace sesenta años, cuando intentó rescatar a una niña de sus fauces: la leyenda fundacional de Marutai Popola.

Es un hombre grande, en edad y porte, de movimientos pesados, pero rechaza la ayuda que se le ofrece para subir al podio; viste de frac, aunque ha cambiado la camisa blanca por el riguroso negro, y el lazo por el cuello clerical; entre las numerosas miniaturas sobre la solapa predominan los colores africanos. Demasiado elegante, dirán más tarde, ostentoso. Sus zapatos son, sin embargo, dos monstruosos botines de trabajo, sucios y gastados.

Antes de comenzar, se lleva a los labios un pequeño crucifijo de madera que apenas roza.
—Muchas gracias —dice con una voz profunda, mientras mira hacia la primera fila con una ligera venia, sin soltar el legajo del discurso ni detenerse en nadie. Comienza a leer—: Primero que nada, muy buenas tardes a todos, muchas gracias por estar aquí, acompañándome; sé que muchos preferirían estar en sus casas, viendo la transmisión en sus televisores, bebiendo un buen chocolate caliente, incluso arropados en sus camas, algunos… —Risas—. Esta parece ser una tarde excepcionalmente fría, aquí, en el Ayuntamiento de Oslo, —La pantalla gigante muestra un panorama de la audiencia en un elegante barrido horizontal que se disuelve en fundido encadenado con el rostro de Alfred Nobel acuñado en oro—, me dicen que diciembre ha comenzado más crudo que nunca. —Y tiembla, pero no de frío.

»Más de alguno —se toca el cuello clerical— habrá notado esto con molestia; —Se lo quita, lo contempla unos segundos y se lo mete en el bolsillo. Dos sacerdotes italianos inclinan sus cabezas al unísono, en la cuarta fila, y un murmullo respetuoso recorre la sala—; pues bien, anoche me despertó una llamada urgente (con cuatro horas de vuelo chárter, sin escalas, no sé cómo escuché la campanilla). —Carcajadas—: Era el Secretario Vaticano, en Roma no quieren que vuelva a usarlo; —Autoridades incómodas sacadas de primer plano, silencio—. Está bien, no cambia nada, es sólo un símbolo; para mí, una señal de que este premio no alimentará la especulación en las arcas romanas, sino el apetito de alimento y educación en Nambia, donde urgen, ¡con mis “salvajes muchachos”! —Explosión de aplausos espontáneos.

»Pero no he venido desde tan lejos para hablarles de esto; mucho menos, a incomodarlos.

»Cuando en 1962 aterricé en Nambia, tenía yo, digámoslo, los sueños algo desordenados; no habían aquí —se toca el pecho, donde cuelga el crucifijo — más que ansias de aventura, de desahogo, y la intuición de una frontera entre el bien y el mal tan difusa, que aún me aterra pensarlo. Por entonces, no era yo más que un joven misionero irlandés de ojos claros, arrancado de las calles de un Dublín siempre convulso, gris y húmedo, arrojado a la luz del sol, a la libertad y precariedad de otro mundo; puesto allí, justo en medio de esa marea colorida, “lasciva” —el adjetivo se le ha colado, no está impreso — y bullente.

»No mentiré, “pequé” desde un principio: —El verbo tampoco es el correcto,

Murphy lo atribuye primero al sudor condensado en sus lentes; muchos, en cambio, a su conocida mordacidad, y sonríen; la mayoría se acoge al resquicio de la sordera por recato. Pero el sacerdote sabe que se le ha entendido todo hasta la última fila; mientras seca sus gafas, se toma el tiempo de observar cada reacción en la audiencia, ha vulnerado el límite, ahora puede ir más allá, y enfatiza—: “pequé”, pequé, ¡pequé!; pequé de incauto, de excelsa bondad o estupidez; me entregué a mis ovejas en cuerpo y alma, sin reservas; y esa forma de entrega, señores, señoras, suele ser la ventana predilecta del diablo.

Una tos contenida detona en ecos desperdigados que amplifican el silencio de la pausa. —Veo que vuelvo a incomodar a algunos. —Sonríe travieso, como un niño de ochenta años, pasea sus ojos claros por el borde superior del marco de sus gafas, de lado a lado—. A nadie le gusta hablar de este sujeto, del diablo; resulta tan tranquilizador negarlo, aprovechar la zanja abierta y dejarlo allá lejos, bien bien abajo. Si consigue inquietarnos con el simple echo de pronunciar u oír su nombre, habrá que reconocerle, al menos, ese mérito.

El viento abre una puerta de golpe en algún rincón de la gran sala del consistorio; el sobresalto rompe la tensión suspendida entre la audiencia, pero Murphy no acusa digresión alguna, permanece imperturbable; entonces llega a su rostro una brisa efluente de aquella corriente de aire, un aroma disipado que el sacerdote reconoce de inmediato: sándalo, la flor nacional de Nambia, la misma con que perfumaba a Bitbinimí, la pequeña alegría de su primera aldea, su paje, su monaguillo, la piel de su encanto.

Una mariposa sobrevuela las cabezas de sus altezas reales y Murphy regresa con cinismo al legajo impreso, sobre el atril; el cristal empañado de sus gafas no es un obstáculo.

—El diablo existe, autoridades, mentes de ciencia, estimados artistas e intelectuales, y no es de extrañar que ahora mismo estén surgiendo, en cada uno de ustedes, imágenes de ese primer encuentro con su rostro de piel y ojos humanos. Pues bien, yo le conocí en Nambia, hace exactamente sesenta años; tenía nombre de coleóptero nambí y las piernas desnudas del más pulcro y esbelto barro. —Algunos asistentes se ponen de pie, fuera de todo protocolo, para abandonar la sala; se escuchan algunas voces femeninas, proclamas apagadas y dispersas, gritos sofocados; intervienen discretos agentes de traje y corbata para ordenar la sala, mientras el homenajeado bebe un lento y tembloroso sorbo de agua.

La provocación se le ha ido de las manos, pero mira el discurso impreso con sorna, se siente fuerte fuera de lo programado. Por primera vez en su vida, el embrujo de su carisma parece fisurarse, como si el engaño cediera
irrefutable ante la verdad que le libera, como si la coraza perfecta se desprendiera y, cual manto de seda, cayera, deslizándose con toda suavidad hasta arrebujarse sobre sus zapatos.

De pie frente a los asistentes, ese tribunal no tan imaginado, se aferra al atril con vehemencia; firme sobre el estrado, como tantas veces sobre el altar, con fuerza, como si pudiese impedir que aquel púlpito se deshaga entre sus manos.

Entonces, la mariposa reaparece junto a él, revolotea junto a su hombro un rato y se posa sobre su diestra amoratada; se la sacude invadido por un terror oscuro y la aplasta, sobre la alfombra, bajo su zapato. Una gota de sudor se descuelga sin dificultad entre sus cejas excesivas y desmesuradas.

El director no sabe qué cámara enviar al aire, ha mostrado todo lo que no debía. Cobra protagonismo el nítido primer plano de un inmenso florero de agapantos, el lirio africano, con el homenajeado al fondo, en desenfoque gaussiano.

El octogenario se resiste, con porfía; siente la boca seca, pero se pierde en los destellos que el foco sobre su cabeza replica al interior del vaso de agua; son destellos hipnóticos, como los de aquella tarde en las riveras del Montú, cuando sus «niños salvajes» le enseñaban que la alegría podía tomar las formas del agua, durante los juegos y el baño, y que el gozo de la felicidad podía esconderse también en la piel y los cuerpos del diablo. Al pasar de página el legajo se desarme y caen sus hojas como naipes marcados de una mala baraja.

—No he querido incomodarles —repite, miente, insiste; intenta retomar, sus papeles, el discurso, pese a que la ceremonia se cae también como un castillo de cartas. Mira con cierta inocencia, resignado al personaje que ha sostenido y le sostiene, y suspira, como sacando aire de un globo pinchado —; me cuesta entender que siga aquí, ni en mi mejor pronóstico alcanzaba yo este párrafo. —Vuelve a ponerse los lentes y baja la mirada al discurso impreso con soberbio histrionismo.

»El Diablo visitó mis sábanas, no una noche, sino cada hora de soledad y desencanto; tomó el cuerpo de Bitbinimí (“mariposa negra”, en dialecto nambí), el de Zembú (“ojos del fulgor de las estrellas”), el de Kentá (“monte sagrado”), el de Turdungún (“fuerza varonil de la gacela”) y el de tantos jóvenes más cuyos nombres, no sus rostros, no sus cuerpos, escapan profanos a la memoria de este anciano».

Murphy siente languidecer la poderosa musculatura de sus piernas; una luz roja sobre la cámara que antes lo acosaba le indica ahora que la transmisión en vivo se ha interrumpido; necesita sentarse, pero nadie quiere acercarle una silla. Algunos reflectores parpadean y, en sus intervalos, descubre que las butacas de la primera fila han pasado a ser sólo un puñado de elegantes muebles vacíos; se queda contemplando un cojín hundido, sin memoria suficiente para restablecerse a sí mismo, como el espacio que dejó en su alma la niña mariposa.

Una lágrima, invisible como la brisa, recorre cada pliegue de ese rostro incendiado por los años y por el sol de África.
—Marutai Popola, —«Padre Bueno», es la voz de Bitbinimí, la dulzura de su tono agudo y gastado, brotando por entre las fisuras resecas de sus gruesos labios oscuros—; Marutai Popola, bogo maru…—«Padre Bueno, toma mi mano», en las fauces del león desgarrada; y él, de rodillas frente a ellos, entre jirones de carne y ropa, entre la sangre y las alburas de tendones, huesos y colmillos, aferrado con desesperación al pequeño crucifijo de madera, ese que intenta arrebatarle al animal, a ella, a ese par de inocencias conjuradas para silenciar las bravuras de un cobarde. Un hombre de color le grita furioso desde la tercera fila, pero es algo que él ya no entiende; «la ignominia es otra lanza del diablo», piensa, descree.

—Marutai Popola, bogo maru —repite casi inaudible ante la audiencia, con la mirada perdida en el continente negro, en cada crimen repetido que no consiguió sepultar junto a ella, su favorita, la primera. Se desploma y se retuerce en el piso, la alfombra roja es un suelo infértil de malezas ásperas y polvorientas; junto al escenario están ya apostados los agentes de la policía nacional esperando la orden de aprehensión. Puede sentir la asfixia, el dolor en su brazo, en el pecho, pero nadie se atreve a tocarle. Es demasiado tarde cuando los agentes se resuelven a apresarlo, su visión se nubla y el sudor que le helaba se entibia ahora bajo los rayos del sol de la sabana. Murphy está de regreso en Nambia y es Bitbinimí quien llega a auxiliarlo, quien le tiende su pequeña mano, mientras resplandecen sus ojos, sus dientes y su breve vestido blanco; con sus pies descalzos y aquella sonrisa arrebatada a los ocho años, lo mira enamorada, con un amor tan distinto al que él le juró esa tarde, cuando colgó de su cuello el pequeño crucifijo de aliso, cuando la convenció de entrar juntos en el área restringida del parque safari.

—Marutai Popola, bogo maru. —No puede tomar su mano, le faltan el pulgar y el índice; se escurre entre esos dedos infantiles la paz que creyó ganar por las garras de una bestia.

Autor: Rafael Momares de los Reyes

Chile, 2020

[CUENTO] EL SACO

El agua está fría, mi piel la puedo sentir ardiendo, una quemadura que se va devorando algo más que las primeras capas de piel.

Todo es agua, lo puedo sentir, la corriente y el oleaje ahora solo son un recuerdo, aquí todo es agua y profundidad, cada vez más profundo. La presión en mi pecho me avisa que nos hundimos.

Mis ojos están cerrados, aun no se resignan a nuestro destino, al destino de la piel, de mis labios, de mis cabellos, de mis dedos, de mis pulmones, de esa niña que jugaba alguna vez, de esa mujer que corría para alcanzar algo que ya es imposible.

Mis pulmones saben la verdad, ellos también se están inundando, gritan desesperados, pero nadie escuchará, se están hundiendo igual que todo en mí. Mis manos intentan sujetarse de un salvavidas inexistente, intentan nadar, pero es inútil. Mi corazón en una taquicardia intenta despertar un instinto en mí. Pero mis pensamientos solo tienen una línea de pensamiento. Una línea que se hunde hasta el final del mar, una línea medida en tiempo y profundidad. Esa línea que el destino dibujó para mí tiene nombre y el peso necesario para llevarme hasta el final.

Mi destino jala de mis pies, mi destino tiene nombre, tiene un volumen, tiene la masa necesaria para hacer inútil los intentos de ascender. Estoy destinada a hundirme. Me pregunto si alguien me buscará, no lo creo, pero me gustaría pensar que alguien, por alguna razón que desconozco, me buscará en el lugar equivocado, para poder tranquilizar una emoción que no termino de definir.

Mis pies inmóviles saben su destino, ellos están resignados. Ellos tienen una verdad que los jala al fondo del mar. Una cuerda suficientemente firme y un nudo bien hecho, un nudo hecho para cumplir sus propósitos: no dejarme ir.

Un nudo preparado para hundir a esa mujer de tacones, un paso rápido y abrigo rojo, esa mujer busca llamar la atención, quiere ser vista, quiere se anhelada, pero no sabe que ese deseo la llevará al fondo de sus más hondos pensamientos.

Mis ojos no resignan, ellos tienen la fe necesaria para crear un mundo nuevo en el que no nos ahogamos. Solo para ser felices alguna vez.  Sus labios empiezan a formar un “No” que no acaba, ni terminará. Me preguntó cómo se pudrirá mi cadáver bajo tanto musgo. Alguien notará que me maquillé y me puse ese labial que hace ver mis labios gruesos y llenos de deseo. Pero eso no tiene sentido nadie me encontrará porque nadie me buscará.

La profundidad es suficiente para ocultar los pasos sobre la vida de aquellos que buscamos dejar huellas sobre la arena, esta es la primera marea de la tarde ocultando mi historia sobre la playa. Soy efímera.

Mis ojos se mantienen cerrados, tengo miedo, por primera vez, de abrirlos y confirmar la resignación y la pérdida de mi última esperanza: esto podría ser un sueño. Podría solo necesitar despertar.

Pero queda poco tiempo, tan poco tiempo, el tiempo ese que fija mi final. Debo ver por última vez, pero ¿qué voy a ver? ¿qué necesito ver?, lo que vea valdrá más que mi última esperanza. Al abrir mis ojos dejaré escapar el último mal de la caja de pandora, o tal vez lo último que me pertenecerá en esta vida.

Pero de pronto mis ojos ya no sienten la necesidad de permanecer cerrados, ellos solo quieren ver algo por última vez… Siento pena por ellos, sé que ya no hay luz, la profundidad nos ha traído a un lugar muy obscuro. Lo siento…

Mis párpados se abren lentamente y ahí está observándome: la obscuridad me observa: no solo mi expresión, ella puede ver quien solía ser, ve mis anhelos y se los lleva, pero siento que se lleva algo más.

La cuerda hiere mi piel, incluso con las quemaduras del frío, puedo sentir la piel de mis tobillos desgarrándose. El destino ha tocado fondo y ya no me queda vida.

Un parpadeo rápido, un segundo para volver, un tercero para vivir, un cuarto para llenar los pulmones de aire. Y me digo una y otra vez “solo fue una pesadilla”. De tanto decirlo empiezo a creerme esa mentira. Las siguientes caídas de la noche vuelven anhelantes de volver a ese dulce sueño.

Autora: Carla Araneda Condeza

Chile, 2021

[Cuento] Repartidor de volantes 

Por Rolo Medina.

Aprender una frase, evitar el atropello, entregar el tríptico y mirar pechugas.  Eso es lo que hacía dos o tres veces por semana. Llegaba casi siempre puntual a la salida del metro Tobalaba. El gentío y la intensidad de la población flotante del sector era y según pude comprobar hace un par de semanas, el mismo que en esos días. El desayuno en la garganta y un frío habitual en los meses invernales de Santiago se hacían enemigos sin dificultad. Yo recibía instrucciones de Solange para que entregase correctamente la información. Poco a poco iban llegando al encuentro los demás compañeros volanteros.

– Tienes que fijarte bien a quién le entregas los volantes. Ni a taxistas, ni autos viejos, ni gente fea. -¿Me entiendes? Discrimina, por favor.

Esto que se lee aún como una clasista adoctrinación, no era sino la invocación y el deseo ferviente de establecer diferencias entre el común y corriente chileno, y el que podía acceder a las ostensibles y caras cabañas de agrado que ofrecía la empresa que publicitábamos y por la que recibíamos 10 mil pesos diarios, pagados en cada quincena, y con un horario de 6 horas. Afincados en una cuestionable realidad  socio-económica, los folletos estaban diseñados para una clientela arribista y aspiracional. Por cierto, exclusiva. Lodge de pescas, saunas, canchas de tenis, minigolf, etc. y una ubicación colindante a la cordillera de los Andes. Un lujo para la minoría.

En el auto de la coordinadora, una delgada y neurótica mujer al volante, nos reforzaba nuestro público objetivo, mientras nos transportaba hacia los puntos de entrega del material. Nadie quería la avenida Andrés Bello. Era una calle ancha donde los autos corrían, y los semáforos no ayudaban mucho. Sin seguros de por medio, ninguno de nosotros quería terminar nuestros días atropellados por un hijo de puta de nuestra misma edad en un Mercedes Benz. Al poco tiempo uno se percataba que el trabajo era además de peligroso, mal mirado. ¿Quién se expone por 10 mil pesos mugrientos a que lo atropellen?

Ya una vez en el punto de entrega, uno debía realizar dos cosas. Primero, intentar congeniar con el vendedor ambulante o con el artista callejero que habitaba en dicha esquina. Y segundo lugar, estar atentos a los inspectores de seguridad municipal que cursaban los partes respectivos a la empresa, pues no siempre teníamos permisos para repartir los materiales. Los vendedores ambulantes no eran de muy dócil trato que digamos. Estabas invadiendo su territorio, y algunos realmente se ponían agresivos con uno.

– Saca las huevás flaco, por la chucha. No ves que tengo que pasar.

– Puta, si también estoy trabajando. -Respondía.

Al principio me calentaba la cabeza. Después, simplemente dejó de molestarme. Ellos hacían lo suyo, y estaba bien. El tema de los inspectores sin embargo era más complejo. Apenas me divisaban, comprendía que tendría que llamar por celular a la insufrible coordinadora. El hecho de que la empresa no pagara permisos era una realidad tan asible y palpable como la tremenda brecha de desigualdad imperante en el país. En las columnas de los periódicos serios y decentes, (los menos) se hablaba de un Chile como el país más desigual de los que integraban la OCDE. Que los salarios eran proporcionales a los de Angola, y de la necesidad de reformas en el sistema tributario, educacional y de pensiones.

Pese a ello, los afiches en mis manos seguían insistiendo con las cómodas cabañas de relajo, los lodge de pesca, y el minigolf. Convivían dos países en unos cuántos segundos que duraban los semáforos; El que teníamos que evitar y el grupo objetivo de la empresa de ecoturismo.