Revista Destiempo

Los primeros textos de la maestra Nobel

Por Enrique Urrea Sepúlveda

Los primeros escritos se producen en el valle de Elqui, en los albores del siglo XX. Dos piezas casi infantiles: “Lola” y “Tus suspiros”, los que firma con su nombre Lucila Godoy.

El primero de agosto de 1904 escribe su primera publicación oficial: “El perdón de una víctima”, publicada al día siguiente en el periódico “El Coquimbo”, de la Serena, que firmó también con su nombre. Estos escritos son considerados hoy en día como escritos tempranos.

Siguiendo estos primeros manuscritos es que en 1905 publica, bajo el seudónimo de “Soledad”, “Horas sombrías”. En 1907, bajo el seudónimo de “Alguien”, publica “Alma”. En 1908, firma sus manuscritos por primera vez como Gabriela Mistral.

Por ese tiempo se convierte en colaboradora del periódico “El Coquimbo” en la sección “Lectura Amena”, época en la que escribe muchos poemas que se van publicando -1964/1910-. A partir de 1910 se observa la educación como tema central de sus textos. El primero de ellos es “Ventajas o canje”.

Posteriormente sigue publicando en “La voz del Elqui”, periódico del partido Radical, en Vicuña. También “El Tamaya” y “La constitución”, destacándose artículos como: “La instrucción de la mujer”, “Adiós a Laura”, “Página de un libro íntimo”, “Filosofía moderna”, y “La patria”, piezas interesantes por su contenido.

En la constitución de 28 de mayo de 1904, se entera del suicidio de Romelio Ureta, considerado como el primer amor de la poeta y a quién dedicaría años de versos que verían la luz bajo el título de “Sonetos de la muerte”.

En la Serena, Gabriela sigue enviando colaboraciones a la prensa y revistas como “Penumbras”, bajo el seudónimo de “Alma”.

A fines de 1910, Gabriela se traslada a la ciudad de Traiguen, lugar en el que permanece algunos meses. En un periódico local “El colono” publica “Entre los muertos”. Al año siguiente se traslada a Antofagasta, al liceo de niñas. Da a conocer en el periódico “El mercurio” varios de sus textos, bajo el seudónimo de Gabriela Mistral.

En 1912 se traslada a los Andes. En esta época da la entrevista “Justicia al mérito” en la que se observa la gran dimensión de su creación. “Hoy los poetas queremos dar una métrica distinta, a aquella uniforme y melosa a la que nos tenían acostumbrados”.

En 1914 La Aurora comunica la ganadora del concurso Juegos Florales a “Sonetos de la muerte” de Gabriela Mistral. Premiada con la más alta calificación. En ese momento, Lucila Godoy, comienza a ser desplazada por Gabriela Mistral.

En 1918, Pedro Aguirre Cerda, Ministro de educación, propone a Gabriela como Directora del Liceo de niñas de Punta Arenas. Lugar en el que toma una serie de decisiones acertadas, como reducir las horas de clase en el inclemente invierno, y extenderlas en épocas de primavera. De la misma manera promueve visitas instructivas a las cárceles, y la creación de Bibliotecas. Crea una revista para la comunidad, que titula “Mireya”, con la que colabora activamente, divulgando sus trabajos literarios. Aquí surgen los últimos poemas que se incorporan en 1922 en “Desolación”.

La producción de Gabriela Mistral es numerosa, la mayoría se escribe en 1919.

En 1920 Gabriela Mistral es trasladada a Temuco, como profesora de castellano y directora. “Ya se encuentra frente a su dirección la aventajada educacionista y literata distinguida, señorita Lucila Godoy, más conocida en el campo de las letras como Gabriela Mistral”. Periódico “La mañana de 20 de abril de 1920”.

En Temuco Gabriela se preocupó especialmente de los ancianos y los presos, a quienes ofrece una serie de conferencias. En esta etapa empieza a estudiar políticas en pro del libro y la formación de Bibliotecas. Dejó, además hermosas composiciones, destacando: “Poemas de la madre”, “Moral y trato social en los colegios”, “Oración de los obreros”, entre otras muchas.

En Temuco conoce a un joven poeta de 15 años, al que años después conoce el mundo como Pablo Neruda. Gabriela lo lleva a leer autores rusos como Tolstoi, Dostoievski, y Chejov. Un hecho curioso en este devenir es que se vuelven a encontrar años después en España, país en el que Neruda le arrebata el consulado a Gabriela.

A los meses nuevamente es trasladada, en esta ocasión a Santiago al Liceo 6 de niñas, recientemente fundado. Siendo nombrada Directora el 14 de mayo de 1921. A pesar de tener detractores continúa su excelente trabajo docente. Continua su labor literaria y ensayos de educación, cultura e historia en “El Mercurio”.

Mismo año en que empieza a prepararse para ir a México, luego de ser invitada por el ministro de educación José Vasconcelos. Parte el 22 de junio con destino a Valparaíso, para tomar el vapor “Orcoma”. En este tiempo escribe “La biblia”, texto que deja en su biblia personal, la que se conserva en el actual liceo A-7 de Santiago, como preciosa pieza museográfica.

Este es el despegue de una carrera que alcanzaría la cúspide con el Nobel de Literatura.

Pese a los infaltables detractores, Gabriela Mistral fue querida y apreciada por sus pares. Los intelectuales siempre la valoraron y quisieron. En la escritura de Gabriela se destacan tres aspectos que marcaron su legado: el amor, la educación y la defensa de los más desposeídos. A continuación, comparto contigo tres extractos que ilustran lo expuesto.

El ruego

Señor, tú sabes como con encendido brío
Por los seres extraños mi palabra te invoca
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío
Mi vaso de frescura, el panal de mi boca.
Te digo que era bueno, que tenía el corazón
Entero a flor de pecho, que era suave de índole,
Fresco como la luz del día
Henchido de milagros como la primavera.

Doña Primavera

Doña primavera viste que es un primor
De blanco tal como limonero en flor
Salida encontrarla por esos caminos
Va loca de soles, va loca de trinos…

Piececitos

Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!
¡Piececitos heridos
por los guijarros todos,
ultrajados de nieves
y lodos!
El hombre ciego ignora
que por donde pasáis,
una flor de luz viva
dejáis;
que allí donde ponéis
la plantita sangrante,
el nardo nace más
fragante.

Una jornada de trabajo

Por Enrique Urrea Sepúlveda

Son las ocho de una mañana que presagia un hermoso día de sol, salimos desde Cañete en el viejo jeep de la Cooperativa, hacia el comité maderero de Pillin-Pillin. Asalta la duda de si llegaremos, el jeep lanza roncos estertores, tiene media vuelta de volante sin dirección, frenó menos y cada tanto se empaca por la mala alimentación del combustible sin embargo, lo queremos mucho, era un viejo Land Rover del Ministerio de Agricultura, que compramos en un remate y con más ganas que medios, lo fuimos acondicionando hasta dejarlo, con mucha imaginación, en condiciones de llevarnos por los distintos comités de pequeños agricultores, que formaban parte de la cooperativa en la cual trabajamos.

Este es el primer viaje en equipo que hacemos a este comité, además nos une una gran amistad, somos algo así como los tres mosqueteros, en las buenas y en las malas, siempre juntos. Gastón, es el administrativo, Fulton es chofer-mecánico, con una habilidad asombrosa para manejar nuestro glorioso mamotrecho, por esos caminos de tierra de una sola huella; el último del grupo era yo, que representaba la parte técnica de la empresa.

El viaje lo habíamos preparado con bastante anticipación, especialmente esperábamos un día en que el clima nos acompañara. Llevábamos alimento y bebida para cuatro días, más innumerables cajas de mercaderías para los campesinos.

Para nosotros este viaje despertó enormes expectativas. Por un lado, constituiríamos un nuevo comité maderero y por el otro, especialmente Gastón y yo, conoceríamos ese apartado rincón de nuestra provincia, uno de los pocos con selva virgen en plena cordillera, para los campesinos también era un día muy especial, después de largas conversaciones, se agruparían comunitariamente para producir, ese día recibirían así mismo, las nuevas motosierras, elemento casi desconocido por la mayoría (algunos hasta le tenían temor) y más ansiosamente esperaban la mercadería, algunos tendrían productos que no consumía por años, otros tal vez nunca lo hicieron; no debe olvidarse que la gente que habita esos lejanos lugares, vive casi exclusivamente de productos caseros, animales y frutos silvestres, y algunos recién de grandes “bajan al pueblo” como dicen ellos, de madera que todo este panorama constituía de verdad un día muy especial.

Llegamos a Cayucupil (cinco cerros en mapuche) el último poblado de importancia, e iniciamos el ascenso; un polvillo amarillo nos ahogaba e inundaba todo, que en días de lluvia se transformaba en un suelo gredoso y resvaladizo. Dejamos atrás la pequeña reducción indígena de Manuel Chanquéo, donde una turba de perros flacos nos sale al camino, siempre es así, pareciera que, por cada hijo, que de por sí ya son muchos, correspondiera uno o más perros. Cruzamos el puente sobre el río cayucupil, que en innumerable vueltas y revueltas viene de la cordillera con esa agua helada y transparente, donde seguramente a la vuelta, probaremos nuestros señuelos en busca de las truchas salmonadas y arco iris.

Campesinos amables y curiosos nos saludaban al paso, con sus largas picanas de colihues al hombro, llevaban sus pesadas y lentas carretas con bueyes, cargadas con los productos de la huerta casera, frutos silvestres, algún trabajo de artesanía especialmente en madera e hilados a mano, y una pequeña parte de su más pequeña producción de papas, arvejas, porotos secos que esperaban vender en el pueblo para abastecerse de lo indispensable para su subsistencia: llevarían por ejemplo, balas y cartuchos, alimentos, velas, fósforos, parafina para las lámparas y si la venta fue buena algún corte de género para la señora, caramelos para los chicos, con más suerte aún, hasta un par de zapatillas, y por supuesto, vino, aguardiente, cigarrillos y tabaco.

A mitad de camino hicimos el primer descanso, una suave cascada que cala al pie del camino nos invitó a hacerlo. Antes de cruzar ese pequeño vado, Fulton se aseguró de que podríamos hacerlo sin problemas. Enormes helechos de tres metros de alto, daban un marco exuberante y selvático, lustrosos avellanos con sus frutitos rojos, negros y amarillos, mostraban innumerables flores rojas blancas y jaspeadas, del copihue, nuestra flor nacional, eternamente entrelazado a los avellanos.

Siguiendo el curso de la vertiente de agua, descubrí tiernas nalcas de pencas rojizas y jugosas y en los bordes de un remanso, una frondosa cabellera de berros de agua, con las que nos hicimos una refrescante ensalada. Mientras estiramos las piernas y nos relajamos del sangoloteo del viaje, Fulton se puso a enfriar nuestra primera botella de vino en esa fresca agua cordillerana. Gastón, que era el más cocinero de todos, preparó una ensalada de queso fresco, tomates y ají verde picante que, junto con el vino, constituyó nuestro primer tentempié antes de seguir nuestro largo viaje.

Después de una hora de viaje, estábamos sobre los mil quinientos metros, realmente impresionaban los precipicios a la vera del camino por momentos ni hablábamos, nos concentramos de tal manera en la peligrosidad del camino, que se producían largos silencios. Desde esa privilegiada atalaya, veIamos los vastos bosques nativos de robles, lingues, mañíos y araucarias. En un recodo del camino indiqué a Fulton unas grandes matas de chupones, páramos y pudimos saborear unos dulces frutos.

Atrás han quedado El Descanso y El Chacay, dos pequeñas localidades cordilleranas. Cada tanto veíamos el humo de extrañas y solitarias casas enclavadas en el corazón de la montaña, con su clásico corral de palo a pique, llenos de chivos y corderos, típico alimento del hombre que vive en esas soledades.

En una curva del camino, nos encontramos con un enorme camión maderero de una de las grandes empresas forestales de la zona, son camiones que llevan una pluma incorporada, con la que cargan enteros los árboles de pino insigne, materia prima usada en la industria de la celulosa. Fue una verdadera prueba encontrar un lugar medianamente seguro para darle paso, y una nueva tensión para nuestros nervios. Después de algunas curvas y otros tantos sustos, encontramos un rústico letrero que decía: «Pillin-Pillin» 3 Kms. Respiramos aliviados.

Notamos que el camino empezaba a ser cada vez más horizontal, esto nos estaba indicando que llegábamos a la cúspide de la gran meseta donde estaba el comité, final de nuestro viaje. Entramos en una especie de avenida, pero constituida por centenarios árboles autóctonos, pude ver unos soberbios robles, altísimas araucarias, elegantes mañíos, frondosos lingues. No dejó de llamarme la atención, que a pesar de la gran depredación a que han sido sometidos esos magníficos ejemplares, existieran éstos. Más tarde averiguaría que el antiguo propietario, mantenía estricta prohibición de cortarlos, los componentes del comité, tuvieron la feliz idea de respetar esa tradición. Esto permitía a todo aquel que ingresaba al comité, ser recibidos por esas enormes moles vegetales, era como un postrer homenaje a la flora en franca vía de extinción, últimos baluartes de esa selva que ya no volverá. Me llené la vista, el alma, el corazón de esa catedral verde, seguro que nunca más podré ver algo igual.

Tan absortos estábamos en esa contemplación, que no advertimos las señas de un campesino que nos venía a encontrar para indicarnos el camino. Más tarde comprobaríamos lo acertado de esa medida. En los grandes aserraderos, se forman extensas zonas de aserrín, y en muchos lugares con una falsa capa cubren grandes pozos que son peligrosísimos para el peso de un vehículo, y de un viajero desprevenido. Recién llegábamos y ya estábamos recibiendo nuestra primera enseñanza.

Al final de esta explanada se habría un claro en la montaña y aparecía el comité en toda su magnitud. Había una calle central y a cuyos costados se alineaban las rústicas, pero fuertes casas del campamento, todas de elegidas maderas, la mayoría sin cepillar, es decir tal como salen del aserradero. Se destacaba una vieja casona que hacía las veces de oficina del comité y en cuyo segundo piso nos alojamos.  Y una escuelita rural, formada por un gran salón donde la única maestra debía repartir a los alumnos por grados, y una cocina anexa donde se preparaba un almuerzo precario, pero con enorme amor, para satisfacer a numerosos pequeños que hacían largas caminatas a través de la montaña.

Se ve que se puso mucho celo en la elección de las maderas; enormes vigas a la vista de roble, paredes, de lingue, avellano, araucaria, muebles de radal, canelo. Fue un verdadero placer saludar a esa esforzada maestra; yo reflexionaba, alguien debía premiar ese apostolado. Además, en esas soledades, la maestra era cocinera, niñera y por supuesto la madrina de todos los chicos del lugar.

Como se acercaba la hora del almuerzo, fuimos invitados por el presidente del comité. Nunca pude olvidar el sabor tan particular y exquisito de una cazuela de cordero con locro de trigo; había además unas grandes y gruesas sopaipillas que a mi tanto me gustan, y como pan, la clásica tortilla cocida al rescoldo, distribuida en grandes y generosas rebanadas. Lo que indicaba la atención especial que nos dispensaron. Nosotros los invitamos con pan de la ciudad, que les gusta mucho, tomates, queso, ají y vino. Fue un almuerzo cálido pero reservado, el hombre de esos lugares, además de parco, es muy prudente y hasta desconfiado frente a los extraños.

Después del almuerzo, poco a poco fueron llegando los miembros del comité, esa tarde no habría trabajo; Gastón debía cancelar los jornales y yo capacitar a los nuevos propietarios en el uso de las motosierras y organizar en el bosque la explotación de rollizos de pino insigne para la papelera. Fulton nos ayudaba haciendo las solicitudes de los nuevos socios. Al atardecer terminamos nuestra labor, cansados pero contentos por las emociones del viaje y del deber cumplido.

Al anochecer, armamos nuestro campamento, hicimos una fogata que invariablemente terminó en guitarreada. Los principales artistas eran Fulton y Gastón, que lo hacían bastante bien, aunque más tarde y después de unas cuantas vueltas de vino y aguardiente, aparecieron unos cuantos artistas más. La conversación se generalizó en historias de brujerías, desaparecidas luces malas, curaciones y cuanta superstición andaba por ahí suelta, parecía que cada uno quería competir con el otro en contar una historia más fabulosa.

A media noche nos fuimos a nuestro alojamiento, era un dormitorio grande de la vieja casona patronal, resabios de los colonos, la mayoría usurpadores de grandes extensiones de bosque nativo y suelo virgen que merced a artimañas políticas o a punta de revólver, explotaban los bosques al barrer, dejando a su paso un cementerio de muñones quemados. Después de despejar el suelo de tocones y raíces, sembraban trigo una y otra vez, hasta que la fértil capa de suelo se agotaba; entonces lo abandonaban y empezaban el mismo ciclo depredativo en otro rincón de la selva.

Fue una generación despiadada que sólo pensaba en el enriquecimiento personal, sin importarles las consecuencias de su acción criminal para las próximas generaciones. La única tierra que devolvieron, fue en forma de dunas y médanos, por la erosión que causaban en los suelos desnudos que abandonan, que año a año el mar vomita sobre la costa, amenazando con cubrir nuestra poca tierra arable.

Muy temprano al otro día, hicimos una visita al aserradero, impresiona en la quietud de la montaña, sentir el penetrante silbido de la máquina llamando a iniciar la labor. Entonces, cual laboriosa colmena, se pone en movimiento todo un conjunto de hombres, cada uno experto en su oficio, formados a golpes desde pequeños; la verdad es que un aserradero de alta montaña es un trabajo para hombres bien hombres. Los artífices de este grupo son: el «palanquero» y el «motorista», los únicos que son llamados maestro y cuyas indicaciones son inapelables, si lo dicen ellos, así debe ser. El palanquero es el hombre orquesta, ha recorrido todos los rincones de la selva con su equipo, sabe elegir el lugar justo, instala y nivela a simple vista el banco aserrador, tarea a veces imposible para un joven técnico provisto de sofisticados instrumentos. De sus manos saldrán las diversas escuadrías (medidas) de maderas del trozo que colocó en el banco, para sacar el máximo de madera aprovechable de él.

El motorista, es el único capaz de mantener en movimiento el viejo y cansado «locomovil», con unas cuantas chapas, fierros y alambres, hasta que la crónica roja diga que en el aserradero tal, el añoso corazón del locomóvil explotó en mil esquirlas de muerte, dejando sólo el recuerdo del también viejo motorista, única forma de separar hombre-máquina. Debo aclarar que el locomóvil es un viejísimo motor a vapor, del siglo anterior, que, durante toda la jornada de trabajo, traga gruesos troncos de leña, cuyo calor generará el vapor necesario, para poner en movimiento las poleas que, a través de largas correas, hará accionar la sierra que aserrará el trozo.

Es un aserradero de «los de antes», en donde casi todo es casero y artesanal y se repara en el lugar de la faena. Son los últimos que se atreven a llegar a los rincones inaccesibles de la montaña, donde el camino hay que hacerlo a mano, a pulmón y corazón. El lugar en que se instala uno de estos aserraderos, puede ser elegido por el palanquero que es el propietario del equipo o por el propietario de esa parte de la montaña. Cuando los lugareños se enteran de tal instalación, empiezan a buscar esos centenarios árboles que aún quedan en pie, generalmente en lugares casi inaccesibles, los voltean y en sus lentas carretas madereras tiradas por una o dos yuntas de bueyes, llegan con su trozo al aserradero; aquí se usan tres formas de pago: a maquila (a porcentaje)en cuyo caso el aserradero se queda con una parte de la madera producida; al trueque, cuando pagan con especies, comida, animales o mano de obra, y al contado con dinero efectivo.

Quisiera indicar muy rápidamente como sería la producción de madera de uno de estos aserraderos: llega la carreta con el trozo y lo deja en la nave, dos poderosos maderos sobre los que se hace rodar el trozo, donde los vueltapalos, hombres tan colosales como los trozos, los manipulan hasta dejarlos en el carro; empieza entonces el trabajo del palanquero que hace llegar el carro hasta la sierra donde empieza a cuadrar el trozo, saca primero lo que se denomina las tapas, que son las piezas que llevan herida la corteza, sólo sirven para leña, luego hace una segunda cuadrada y saca las cantoneras, llamadas así porque tiene restos de corteza en sus cantos.

En el campo son muy usadas para construcciones rústicas como: graneros, corrales, chiqueros, cobertizos, etc. Después de esto, el trozo ya está en condiciones de ser aserrado, donde la sapiencia del palanquero sacará: tablas, tablones, listones, postes, vigas, etc. Esta madera la van recibiendo los acarreadores, los que irán formando con la parte de madera del aserradero, los castillos, para que ésta se seque correctamente. Debajo de la sierra están los aserríneros, que, con grandes carretillas de madera, van sacando el aserrín el que es volcado en una depresión, generalmente junto a un río.

En el segundo día de nuestro trabajo, entregamos las motosierras nuevas, no olvido las caras de temor y orgullo al mismo tiempo de los nuevos propietarios, que terminarían así, con el lento y pesado trabajo del volteo y trozado a hacha. Podrán obtener con estas herramientas el máximo de rendimiento y con menor esfuerzo, y lo más importante, tendrán la satisfacción de ir pagando su propia máquina con el fruto de su trabajo y como después pasan a formar parte de una cuadrilla de trabajo, valoran también el trabajo comunitario. Al final del día se recibieron los metros de rollizos producidos el mes anterior, parte de los cuales serán acreditados a su cuenta corriente para amortizar la motosierra.

Al anochecer, llamamos a la reunión a todos los campesinos del comité y a los que aún estaban indecisos, expliqué el plan de trabajo que había pensado para ellos y que les ponía en consideración. La idea es que a medida que se va explotando el bosque, se replante al primer invierno siguiente, para lo cual hay posibilidades de conseguir un muy buen crédito del Ministerio de Agricultura, departamento forestal, quienes precisamente están promoviendo las forestaciones en la provincia, debido a las dos nuevas plantas de celulosa que se había establecido y que en el futuro requerirían mucha materia prima en formas de rollizos de pino insigne.

Con este sistema y reforestando cada año, se van creando sectores de pinos de diferentes edades que permitirán en el futuro, seguir un plan racional de explotación, porque siempre habrá zonas maduras de bosques a talar. Sólo quedarían libres de este plan de reforestación, aquellos suelos factibles de utilizar en la producción agrícola y ganadera. Estos se deberían ir alambrando y constituirán a futuro, la base de producción de granos, forrajes y carnes. Por supuesto que toda la producción agropecuaria debe ser comunitaria. El trabajo de limpiar y apotrerar los sectores dedicados a la agricultura, debían ser realizados con el aporte de mano de obra igualitaria de todos los socios. Las semillas, fertilizantes u otros insumos serían entregados en crédito por la cooperativa. La producción obtenida, sería repartida en partes iguales a cada socio, la que se destinaría: como una parte para el consumo familiar, otra para semilla para la siembra del año siguiente y una tercera parte sería entregada a la cooperativa para amortizar su crédito.

Con respecto a la necesidad de mecanizar el trabajo de la explotación forestal, sugería la posibilidad de cada socio venda una yunta de bueyes, de esta manera se disminuirían las necesidades forrajeras y el dinero de la venta se transformaría en un tractor, con lo cual el traslado de los rollizos sería más fácil y rápido contando además con algunos implementos, todos los trabajos de preparación de suelos, siembra y cosecha serían más oportunos y eficientes. La cooperativa podría llevar un par de muchachos a la ciudad, para capacitarlos como tractoristas-mecánicos, a los que después el comité debería contratar como tales.

Sobre la necesidad de incorporar a las esposas e hijas mayores al sector productivo de la familia, les hacía ver que como todos cosechan su propia lana, podrían comprar las tinturas y demás materiales al por mayor con un crédito de la cooperativa, la que les cubriría toda la producción de sus artesanías. Con estas ventas una parte iría a cubrir el crédito y la otra ingresaría al presupuesto familiar. Si esta iniciativa daba resultados satisfactorios, más tarde podrían ampliarse las metas incluyendo: trenzados, platería, tallados, cestería, cerámica, etc.

Al calor de estas iniciativas, se había suscitado tanto entusiasmo, que, si no les manifiesto mi real cansancio de todo un día de trabajo, bien podríamos haber amanecido conversando. Debo aclarar con respecto a mi cansancio que nuestro organismo no está adaptado a movernos a esa altura y se necesita de un esfuerzo adicional para realizar cualquier actividad.

Esa noche me fui a dormir con la convicción de que había aportado un granito de arena para que ese grupo vislumbre un futuro mejor a sus largos años de penurias y de abandono, y la esperanza de una vida digna para ellos y sus hijos.

Al tercer día emprendimos el regreso, no sé cuántas manos duras y callosas estreché ese día, pero una lucecita de esperanza, orgullo y fe vi en sus ojos. Había ganado muchos amigos y la semilla plantada en sus corazones, germinará en hombres dignos y solidarios.

La materia encendida: poemas de Amparo Iglesias

Hay poetas que escriben para ordenar el mundo y otros que escriben para desarmarlo. La chilena Amparo Iglesias pertenece, sin duda, al segundo grupo. Sus poemas se alzan desde una fisura vital —una grieta abierta entre la experiencia y la memoria— para explorar el deseo, el cuerpo, la herida y la resistencia como territorios inseparables. La psicóloga se vuelve aquí poeta de lo visceral, de lo que se resiste a ser domesticado por el discurso lógico, y su escritura respira como una confesión lúcida, a ratos furiosa. Aquí, una selección de ocho poemas.

Poema I

A vuelto esas tantas ganas de gemir y suspirar,
la ansia plena traía en la cresta de la ola antes de reventar.
Me he alejado tanto tiempo, que los dientes,
las uñas,
las ideas me han crecido,
pero también ha vuelto el reflejo de la libertad, la distingo fuera de la guerra antigua,
y yo pretendo exhumar la mejor buena reacción.
Mientras….. A lo lejos algunos gritan:
“La condenada se ha escapado!”

Poema II

Tu ausencia
coloreada en una primavera recostada, presiona mi cuerpo
en una oleada de huidas
q emergen en una locura sin prisa. Tu ausencia,
hace escenario a voces intransigentes junta palabras q no responden al tiempo, q no dan la cara por ser presa fácil
del engaño de mis miedos. Tu ausencia,
se fuga
tan rápido como fue la penetración de tu voz desbordada
por una infancia ingrata y pesada. Tu ausencia.
Me niego ser responsable de tu ausencia.

La carga
es un peso forzado,
frustrante por no haber contenido con mis palabras
la sensibilidad de tu piel
que clamaba la implosión invasiva de mi intimidad romántica.
Tú eres la expresión de mi pasión latente. Y aunque pueda permitir tu huida
– una vez más- Ya no la quiero. Tu ausencia

Duele.
Y no
Jamás y nunca
renunciaré a eso

Poema VII

Me recuerdas tanto al mar,
esa figura silenciosa y sosegada que mantiene el tiempo, que me abraza oportunamente con el aire
y despeja las tormentas de mis ojos.
Me recuerdas tanto al amor,
con tu cuerpo extendido cubriendo el despertar de los sueños.
Me recuerdas tanto a la felicidad, creo que era de mi nacimiento
o ya no se si era del final, eso si no lo puedo recordar;
Pero recuerdo un pequeño destello entre el cabello sobre tu nariz,
y esa asombrosa sonrisa asomada… ooooh mi amor esa impecable sonrisa que hacía espuma sosegada.

Poema IX

Esa forma q tienes de desprenderte de la realidad,
es una resistencia a respirar las ideas vestidas de tristeza.
De todas maneras huye, que a mi me falla el alma, me falla el corazón
tras el último golpe que fracturó el futuro
y tiró apiladas las historias cargadas de años.

Poema X

Casualmente siempre he amado
a hombres con los bordes externos de los ojos levantados notoriamente hacia el cielo.
Como valientes pupilas orgullosas
luchando contra quizás q fuerzas de pensamientos.
Yo soy de aquellas
que los extremos les cae como tetas que han amamantado largas penas….

Poema XIII

La última (de)generación del pecado.
He decidido desafiar
uno de los círculos del infierno, he decidido seducir a Dante,
para vengarme de su impetuosa devoción….
He decidido no perdonar para perdonarme…
y radicalmente decido
no cometer mas pecados.

Coge tu ahora mi costilla, y vete.
Excluyo mis culpas, escupo tu error,
y desafío a los ojos una vez mas….
La existencia se crea
mientras el dolor me recuerda
el paso del odio hacia la libertad.
El tiempo sigue su paso sin dar vuelta su rostro, sin clemencia
y así la vida es perder también,
la vida es crear tu propia buena suerte.

Poema XIV (Me dijeron una vez)

«A ti te hace bien el amor» se te sacian las pupilas, la lengua se te agita,
la carne se te aprieta desde adentro.
«A ti te hace bien el amor»…. caes de espalda sin temor,
a ojos extraviados
y dejas senda y rastro del ascenso de tus risas que corren hacia arriba, hacia lo más alto.
«A ti te hace bien el amor»…. la sangre se te incendia
y tu piel es una llama incandescente, difícil de olvidar.
«A ti te hace bien el amor»…. te alejas…
honesta,
y siempre creo q jamas de ésta…. Volverás.

Poema XXXXIX (para ustedes)

Retirar espejismos, ilusiones. Que caigan las ficciones, ciudades y edificios al piso, conversemos detrás del tiempo.
Todo retorna
y le doy la otra mano, la otra palabra,
el otro sentido
a cambio de mirar a los ojos con conciencia.
Soy responsable hoy y ahora
de lo que se construye, de lo que es esta realidad.
Solo hoy y ahora
digo sin pensamientos: adiós y hasta pronto.

Pacotilla

Por Lorena Arana

Cómo me encanta comer espagueti con atún; algo tan simple y a la mano, igual que Dulcinea sentada a mi lado, velando; tan simple como sus ojos oscuros, penetrantes, como los de una persona. “Gorda, los perros no comen pescado”, le hablo porque estoy segura de que, en una forma superior, me entiende. Profunda su mirada. Asimismo, el océano en que nada el atún, inocente, que no le debe al mundo; que también tiene ojos y me contempla desde Google, asustado por el hombre que le toma fotos, por su destino que lo ha traído directo a mi plato. Tristes ojos, cual los de mi amada cuando quiere dar un paseo. No soporto acercarme a la vitrina de mariscos en el supermercado y saboreo el atún con gusto, despiadada; ignorando la mirada que pide ayuda.

El hombre es cruel en los mataderos, cuelga a los cerdos vivos, aglomera pollos, marca a las reses y a mí no me da para ser vegana, ni vegetariana. Sigo sentada en el comedor, masticando, indolente, invadida por aquel aroma que se aloja justo en la conciencia; concentrada con algún video en el mismo celular que me muestra al atún en el mar, tranquilo, condenado. Me voltea a ver la vaca que viaja, en un camión, directo a su muerte; a la que jamás acariciaría como hacen los verdaderos animalistas. Yo solo abrazo a los perros. Soy un remedo, otra esclava del sistema, de la inercia, de la supuesta naturaleza humana.

Porque, si lo hago, me condeno al recuerdo de su piel, de sus orejas delgadas, a las manchas en el pelaje. Y, tal vez, si acaricio después a la Dulci, despacio, también la toque a ella y a todos los animales que me he comido Y, a la vez, me como a cada perro que he querido; mientras devoro este bendito atún, el que me roza bajo el agua. Quizá, muchos al tiempo y yo fascinada. Me encanta la gelatina de pata. Cómo me atrevo. En tanto, critico las corridas. Consumo morcilla y estoy en contra de los criaderos de perros de raza. No me alcanza la vida para pedir perdón. Tampoco mato a una sola abeja. “Para mí, salmón, patacón y arroz con coco, por favor”. Ojalá todos los caballos fueran salvajes.

El ceviche en la playa, qué delicia. Le imploro a mi hermano que le permita vivir a la araña que acaba de sacar de la ducha. Él me mira burlón y yo lo juzgo. Mi comida favorita es la hamburguesa. Me observa el toro, los caracoles que probé en España, el pato; los del Lago de la Babilla; el cochinillo, los guatines de por mi casa. Que nadie se meta con ellos. La Dulci… Ni siquiera me fijo en los productos testeados en animales. Esta mañana desayuné huevo y no me atrevería a pellizcar a un cachorro. Solo atiendo un stand de vez en cuando y publico fotos de mascotas en adopción. Mejor cierro los ojos. Termino el espagueti con un taco en la garganta, pero lo termino; traicionando a los gatos de la fundación donde hago voluntariado. Una animalista de pacotilla, eso soy. Y es todo.

Évelin, la artífice del helado

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Por Lorena Arana

Cuenta la leyenda que, en la Sucursal del Cielo, existe una mujer capaz de congelar la tradición gastronómica colombiana en el tiempo, quien nos salda a diario la deuda que tenemos con nuestros ancestros; con los cocineros de antaño, de fogón de leña, de la creatividad macondiana en la mesa… Y que, aunque se derrita, el hechizo lleva ya catorce años.

Arranco a escribir esto con el sabor a limonada y cardamomo en la boca, el de papachina con nuez moscada en la mente, el de maíz tierno en los días de mi infancia. Porque hay momentos en que la lengua acaricia una textura, las papilas se excitan y transmiten un mensaje a los nervios gustativos, el cual llega directo al cerebro. ¿Y es ácido, dulce, salado? ¿Y si no sabe?

“Nosotros no rescatamos la herencia porque no se ha perdido; pero, por lo menos, la congelamos y la volvemos helado”, me dice Évelin Amelia Potes Pérez, creadora de sabores en Lengua de Mariposa, la heladería artesanal a la que dio vida en 2011, después de traer la idea, en 2007, desde Argentina, en forma de tesis de grado de su carrera de Gastronomía.

“Yo empecé extrañando lo elemental, lo que tenemos a mano; que es un mango, un carambolo, un chontaduro”, cuenta esta caleña joven, casada y madre de dos hijos, que se encuentra sentada en una de las mesas de la antigua casa esquinera en el barrio San Antonio que solía ser su hogar y ahora es el recinto donde experimenta las composiciones más exóticas de helados que tiene la ciudad; la misma que le roba la sombra a un árbol enorme, debajo del que se dan gusto los curiosos que se atreven a pedir un helado de lechona, hamburguesa o, tal vez, de café con pandebono.

Narra que, cuando vivió en Buenos Aires, durante alrededor de dos años, todos los días pasaba por una heladería y veía que los sabores eran pistacho, pomelo, frutos rojos, frutilla (fresa), chocolate y dulce de leche (arequipe). Y, de ahí, frutilla con chocolate, dulce de leche con pistacho, frutos rojos con pomelo. “Es decir, jugaban con los ingredientes y yo pensaba: ‘¡Son demasiado patriotas! ¡Hacen una fiesta con lo que tienen, lo muestran y lo venden!’”.

Relata que, hasta ese momento, solamente conocía las marcas industriales de helado, pero ignoraba lo que era uno artesanal. “Vi que, en aquel sitio, el de fresa era de fresa-fresa; que atrás, en la cocina, había un artesano que sabía cómo hacerlo”. De manera que comenzó a investigar y tomó clases de heladería en la escuela. Preparó uno de vino tinto, que pudo combinar con otras sustancias. Se atrevió a ensayar, por primera vez, con la máquina del lugar y manifiesta haber quedado fascinada, al punto que anhelaba venir a hacer helado de mango y de borojó.

En el momento de acercarme a la vitrina, junto a otros clientes, la vendedora principia una lista de sabores encriptados en nombres peculiares, al nivel de: “Alegría de burro”, como los dulces típicos caribeños; “Mamá soltera”, mango, maracuyá, coco y ron; “Cucas and cream”, batido de leche con galleta negra; “Frida”, aguacate, nachos con limón y chorizo; siendo lo mejor del caso la posibilidad de probarlos. Y es ahí cuando llega la sorpresa: la inesperada y explosiva sensación que borra cualquier expectativa y lo invita a uno a escoger la propuesta, en apariencia, más indecente. En dicho momento, se comprende que no todo entra por los oídos; sino, más bien, por la lengua; por la de mariposa, si es preciso, que ofrece a diario doce de sus doscientas ochenta variaciones al público.

De manera que elijo: Un cono de “Marianita”, que, para ser exactos, es marranita; acompañado de “Atrato”, café y chocolate con canela. Me siento, me entrego a mi invento. Pruebo la marranita en helado y, realmente, sabe a tal, aunque de una forma jamás pensada. ¿Cómo explicarlo? Mastico el chicharrón con placer. Se me resetea el gusto y me vuela la mente; como la vez que me aventuré con el de mazamorra; bebida que, al sol de hoy, cosa extraña, no disfruto; el de apio con salsa de camarones y, aquel día, incluso, el de cazuela de mariscos.

¡Hmmm!

El nombre, asimismo, lo traía Évelin desde el país gaucho. Se inspiró en el largometraje español de 1999 La lengua de las mariposas, dirigido por José Luis Cuerda, cuyo tema es la educación en dicha nación durante el franquismo.

Incluso, en una pared al fondo del local se exhibe una foto fija del filme. La chef relaciona esta problemática con la realidad de nuestra nación. “Siendo un pueblo rico y diverso, carecemos tanto en estudio, cultura y salud. También nos falta el espíritu revolucionario como comunidad, el mismo que plantea de una forma muy bella la película. Además, la lengua de la mariposa es la que va al almíbar más puro, que es el de las flores, y yo trabajo con los productos más puros de Colombia. Es como decir: ‘soy revolucionaria a través de los sabores’”.

Sin embargo, al volver a Cali y empezar a darle forma a su sueño, se encontró con un detalle hasta el momento insospechado: el alto costo de las máquinas para hacer helado artesanal. Logró obtener una muy pequeña, que producía un litro cada cuatro horas. Se arriesgó, dice, y sacó el de borojó, mandarina y el de tamarindo; los cuales volaron en el recién inaugurado restaurante. Y, no únicamente en ventas, sino en calidad.

Para dicha época, en 2014, el negocio, aparte, tuvo una “metamorfosis”, como le llama; ya que iniciaron vendiendo, asimismo, empanadas, almuerzos y otros platos típicos, intentando sostener la marca; pues, “no solo se podía vivir del helado”. De manera que, junto a su equipo de trabajo, eliminó los fritos y la comida de sal de la carta. “Dijimos: ‘vamos a quedarnos solamente con los helados’ y conseguimos una máquina nueva, capaz de fabricar tres punto cinco litros por hora”, manifiesta.

En aquel momento, la maternidad y sus misterios, paralelamente, actuaron en pro de la causa. “Yo estaba en embarazo de mi segunda hija, Kenia, y me entró un antojo. Le dije a John, mi esposo: ‘Tengo unas ganas de un batido de maracuyá con jengibre. Y a eso pongámosle cerezas”. Cuál sería su sorpresa al comprobar que la mezcla era una delicia, como también la calificó su familia. Y, con el fin de convertirla en helado, la Profesional en Artes Culinarias se dedicó, pacientemente, a definir la fórmula exacta, “porque los helados tienen formulaciones muy matemáticas”, declara. Finalmente, y aunque la locación se encontraba en remodelación, se aventuró a probar la nueva máquina con aquella receta, a modo de pócima mágica; que terminaría bautizada con el nombre más afín: “Corazonada” y siendo uno de los elementos icónicos del lugar.

De hecho, antes de otorgarle ese último detalle, la gente se resistía al resultado. Y, debido a tal, John, que además es su socio desde 2009, le sugirió no revelarles a los clientes de qué se trataba, sino únicamente darles a probar. Así lograron entrarle al mercado con el singular producto y comprendieron la importancia de los nombres; puesto que, de ahí en adelante, Évelin ha sido la creadora de sabores y él los ha codificado en todo tipo de denominaciones.

Respecto a las formulaciones, reconoce que, con la del de chontaduro, “cogió callo” de tanto ensayo y error. “Unas veces, quedaba súper duro; otras, con muy poquito sabor al fruto, hasta que logramos una buena textura. Fue muy difícil que tuviera la cantidad exacta de sal, de miel y que no se opacara la esencia original”.

Manifiesta que, cuando va a sacar una nueva opción para el menú, previamente, piensa mucho en las combinaciones; verbigracia, en si va a ser picante o qué quiere resaltar. Asegura que hace muchas hipótesis en su cabeza previo al momento en que revela la receta final; que el azúcar actúa como anticristalizante; que, para que sea un helado artesanal, tiene que haber balance entre las cantidades de sólidos y fibras. Y que, si es con lácteos, se debe procurar que la crema de leche tenga un porcentaje de grasa específico.

Es que, aparte de la lectura y constante aprendizaje que mantiene sobre el arte culinario, el superpoder de Évelin parece radicar en su mente y activarse, por ejemplo, al probar algún nuevo manjar que le toca las fibras. Entonces, de manera automática, emana de ella el deseo de fusionarlo con otro que ya conoce, con un fruto o especia en particular que le llega al pensamiento en el momento preciso y que termina empatando a la perfección; después del proceso de producción, en el instante en que, por fin, alcanza su paladar, el de su familia, colaboradores y, claro, el de los clientes.

Para muestra, menciona que, al viajar, ama “conocer el núcleo de la verdadera cocina colombiana”; que, recientemente, por ejemplo, dio con la chucula en Cundinamarca (bebida a base de una mezcla de granos como maíz, haba, cebada, y arveja) y las garullas en Boyacá (bizcocho parecido a la almojábana, pero con crocante de galleta, queso y licor). “Me encanta meterme a la cocina dondequiera que voy, ir a la raíz”, asevera.

Retomando el helado de chontaduro, Évelin cree que el de Lengua de mariposa fue el primero a la venta. Y no ha sido el único. Sin embargo, frente a la realidad de que ahora otros establecimientos comercializan sabores que, en principio, fueron su creación, opina: “No somos egoístas con eso. Antes, nos interesa que, si aquí sacamos por primera vez el de viche o arrechón y ahora se está vendiendo en otras partes; pues, en honor a nuestra cultura, queremos que se distribuya en todo Cali, en todo el país y en el mundo. Si podemos ser una cuna creativa, no tenemos ningún problema”.

Y es, quizá, ese pensamiento el causante de tanto éxito, tratándose hoy de una marca que ha logrado, en el pasado, incluso, tener varias sedes en el sur de la ciudad; al igual que más de cincuenta mil seguidores en Instagram. Su locación se ha convertido en una parada obligada para cualquier turista; bueno, no cualquiera, uno osado, como Évelin, la chef a la que no le da miedo servir un helado de sancocho, aborrajado o uno de ajo, sofritos, pimentón ahumado o naranja con cebolla; componentes que, incluso, la llevaron, en 2024, a la Filbo, como invitada para cocinar en vivo en la carpa “Colombia a la mesa”.

Évelin se despide de mí y se dispone a retomar sus ocupaciones; a refugiarse, de nuevo, en su santuario. Hace calor en La Sultana del Valle. Suerte que lo auténtico no se derrite. Solo es una jornada más en Lengua de mariposa y yo me voy con un buen sabor de boca.

Dublinesca: elegía de un editor que se niega a salir del libro

Por Guillermo Soriano

En Dublinesca, el escritor español Enrique Vila-Matas nos presenta a Samuel Riba, un editor retirado que jamás publicó al gran genio que imaginaba descubrir. Su vida, marcada por la literatura y el desencanto, se encuentra suspendida entre la nostalgia de un oficio que se desvanece y el peso de un presente que no logra entusiasmarle. Con la excusa de un viaje a Dublín para rendir homenaje a Joyce en el Bloomsday, Riba se embarca en una última cruzada cultural que, como todo en su vida, es a la vez grandilocuente y un poco ridícula. El libro es un desfile de referencias literarias, conversaciones sobre el fin de la era del papel y reflexiones sobre lo que significa ser un hombre cuyo mejor momento ya pasó… o tal vez nunca llegó.

Vila-Matas construye a Riba como un personaje entrañable en su patetismo, con una lucidez que no le sirve para resolver su propia vida pero sí para examinarla con un humor seco y certero. La ironía está siempre presente: Riba, que vive rodeado de libros y discursos sobre el ocaso de la literatura impresa, parece no advertir que él mismo es un símbolo de ese ocaso. Uno podría pensar que exagera el lamento, pero basta con observar cómo el mundo editorial se adapta al mercado digital para entender que no es puro teatro.

Recuerdo que le presté este libro al abuelo de mi pareja en su penúltimo año de vida. Pensé que le iba a gustar, y efectivamente le gustó. Lo leyó con la calma y la atención de quien sabe que ya no tiene prisa para nada. Un libro de un hombre que sabe que se está despidiendo, pero no quiere admitirlo del todo. Creo que ahí está el corazón de Dublinesca: una despedida que se disfraza de viaje literario, un brindis final que se pronuncia con la copa medio vacía, y un personaje que, aunque sabe que la fiesta se acabó, se queda un rato más en la mesa, por si acaso alguien decide contar una última buena historia.

Autor: Enrique Vila-Matas
Libro: Dublinesca
Año de publicación: 2010
Editorial: Seix Barral

La revolución de los rotos: una lectura de Los siete locos de Roberto Arlt

Por Guillermo Soriano

Si Roberto Arlt hubiese nacido en esta época, quizás lo hubiéramos visto en alguna esquina de TikTok lanzando monólogos febriles contra el sistema. Porque si algo tiene Los siete locos, además de personajes que parecen salidos de una pesadilla expresionista, es una actualidad que incomoda. O mejor dicho, que arde.

La novela, publicada en 1929, sigue los pasos de Remo Erdosain, un tipo que, tras ser acusado de robarle plata a su empleador, cae en una especie de descenso por los suburbios físicos y morales de Buenos Aires. Endeudado, abandonado por su esposa, y con la lucidez emocional de una rata arrinconada, Erdosain es uno de los tantos antihéroes de Arlt: un hombre humillado por la vida que, sin embargo, no deja de preguntarse por el sentido de todo este absurdo. Su salvación —si es que cabe el término— llega en forma de invitación: un proyecto revolucionario, a cargo de un personaje aún más desquiciado que él, el Astrólogo, que sueña con fundar una sociedad secreta para derrocar el orden establecido. ¿Cómo? A través de burdeles, fábricas de veneno y mensajes mesiánicos. La revolución, al parecer, se hace con lo que hay.

Y es ahí donde Arlt nos gana. Porque no se trata simplemente de una novela con tintes de locura, sino de un retrato brutal del desamparo, de la mediocridad estructural, de una clase media que no encuentra su lugar ni arriba ni abajo, y que empieza a coquetear con la violencia como única forma de existencia. En ese sentido, Los siete locos es un espejo sucio pero necesario. Hay algo profético en la manera en que Arlt entiende el germen de las catástrofes sociales: no vienen de ideologías sólidas, sino de almas quebradas que un día deciden prender fuego a todo.

Arlt no escribe con la elegancia de Borges. Es torpe, a veces desprolijo, pero visceralmente honesto. Y en esa honestidad se construye una voz literaria que no busca complacer al lector, sino sacudirlo. Los diálogos son filosos, las reflexiones oscuras, los personajes ridículos pero trágicos. Cada página es un zarpazo.

Los siete locos no es un libro fácil, pero es un libro urgente. Nos habla de un país roto desde la cabeza, de una modernidad que prometía progreso pero entregó alienación, y de individuos que, incapaces de comprender el sistema, deciden fundar el suyo propio. Uno donde el fracaso es la norma y la locura, un método.

Y después nos preguntamos por qué Arlt sigue siendo tan incómodamente actual.

Crítica literaria: Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano

Por Guillermo Soriano

Hay algo inquietante en leer un libro firmado por otro Soriano, más aún si también fue periodista. Como si un primo lejano, que nunca conocí, se hubiese adelantado varias décadas para dejarme una novela que mezcla el periodismo, la literatura y el delirio con una soltura que me hace dudar si fui yo el que llegó tarde, o si él simplemente se robó todos los trucos familiares antes de que el resto pudiera heredar algo.

Triste, solitario y final no es solo una novela. Es un gesto descarado de Osvaldo Soriano: el tipo agarra a Philip Marlowe —el detective creado por el escritor estadounidense Raymond Chandler— y lo mete en el Buenos Aires setentero, decadente y tanguero, como quien lanza un gato inglés a pelear en una villa porteña. Y, como era de esperarse, Marlowe termina golpeado, confundido y, por supuesto, triste, solitario y con un final no precisamente feliz.

El verdadero truco está en cómo Osvaldo se mete a sí mismo como personaje. ¿Ególatra? Quizás. ¿Divertido? Definitivamente. Ambos —el joven periodista argentino y el detective— se lanzan a investigar la decadencia de Stan Laurel, el famoso actor del dúo «El Gordo y el Flaco», quien vive olvidado en Los Ángeles. Como periodista, nunca he considerado meterme de lleno en mi propia historia, y mucho menos acompañar a un detective gringo en busca de una actriz olvidada. Pero Soriano (el otro) lo hace sin pudor, con una autocompasión disfrazada de ironía, y con un humor que se mueve entre el absurdo y la melancolía como si estuviera bailando un tango borracho a las tres de la mañana.

La novela es también una sátira de ese mundo que muchos periodistas conocemos bien: el de las falsas glorias, los ídolos caídos, los tipos que alguna vez fueron alguien y ahora no pueden ni pagar la cuenta del bar. Es una ciudad infestada de fantasmas mediáticos y políticos, y Osvaldo, con una ironía que huele a tinta y a café frío de redacción, nos pasea por ella como si quisiera demostrarnos que, en el fondo, todo reportero es un detective fracasado.

¿Es la novela perfecta? Para nada. Tiene momentos en que parece que ni el autor sabía a dónde iba. Pero como buen cronista, se las arregla para hacernos disfrutar del camino, aunque esté lleno de baches, humo de cigarro y personajes que parecen salidos de una pesadilla peronista con narrador yanqui.

Triste, solitario y final es una obra rara, entrañable, medio desequilibrada —como un periodista que escribe ficción sin dejar de pensar en la próxima nota. Una advertencia: si otro Soriano vuelve a escribir una novela así de inclasificable, que por favor me avise. Así me adelanto yo esta vez.

[Poema] Donde estés, mi niña

Por Jorge Rutherford Krefft

Un catorce de julio llegaste a mi vida,
pequeña esperanza, razón de partida.
Tus ojos brillaban, tu llanto era canto,
y yo, sin saberlo, ya te amaba tanto.

Un día sin aviso te arrancó el destino,
dejando en mis brazos solo el desatino.
Te busco en las fotos, te invento en mi voz,
mientras calla el mundo lo que fuimos los dos.

Se fueron los días que nunca llegaron,
y sueños contigo que me arrebataron.
Me dejaron con vida, pero sin abrazarte,
con los brazos vacíos y sin cómo encontrarte.

Te pienso en la brisa, en cada estación,
en tardes sin rumbo, en cada canción.
Aunque hoy la distancia me impida abrazarte,
mi alma no deja jamás de buscarte.

Me duele no verte, no oír tu andar,
no ser el refugio al que puedas llegar.
No sé si el destino te hará regresar,
pero aún en la sombra, te vuelvo a encontrar.

Anhelo los juegos que no compartí,
las tardes, los cuentos que no viví.
Aunque haya distancias, dolor y frontera,
mi amor por ti sigue firme y sincera.

No sé si recuerdas mi voz en tu oído,
o aquel primer beso que nunca se ha ido.
Pero aquí en mi pecho tu nombre resuena,
como una promesa que nunca se frena.

Aunque duela el alma y no pueda gritar,
yo sigo en la tierra, me niego a parar.
Con cada caída me vuelvo a alzar,
forjando el camino que vas a encontrar.

No te espero.
Te llevo.
Aunque me faltes cada día.

El Doctor Pellizcos

Por Lorena Arana

Hace algunos años, estando en la celebración de la Primera Comunión de mi sobrina, en Cerritos, cerca de Pereira, surgió un rumor bastante peculiar: el de la existencia de un doctor, en Manizales, que se decía capaz de curar cualquier mal a punta de pellizcos. El asunto, además, era contado con conocimiento de causa por una familiar de mi cuñada, que aseguraba que su hija, al igual que muchos otros, se había curado de alguna dolencia después de experimentar, en carne propia, el poder de dichos apretones, de aquellos dedos y de aquellas uñas.

Como si fuera poco semejante historia, no transcurrieron más de dos días antes de escuchar a mi tía Helena gritar emocionada: “¡Conseguí el teléfono del doctor Pellizcos!” y, no obstante, nos subimos siete personas a una camioneta desde la capital de Risaralda a la de Caldas, rumbo a conocer a aquel hombre que tan extraña promesa hacía, a quien le expondríamos nuestra carne como inocentes cochinillos: mi primo, de unos cincuenta y tantos, un hombre de mucho carácter, fiel creyente de todo lo homeopático, alternativo y naturista; mi tía Olga, incapaz de hablar ni llevar a cabo de manera satisfactoria el resto de funciones a cargo de la lengua, los músculos masetero, temporal, ptreigoideo lateral y demás que encontré en Google y que tienen que ver con la deglución, a causa de dos lamentables accidentes cerebrovasculares; mi tía Helena, extraordinaria sobreviviente del cáncer de colon; mi madre, con un Párkinson muy disimulado y estable en esa época, más algunos dolores de cadera; la novia de mi primo de aquel entonces; una gran amiga de la familia, de nombre Amparo; y yo, cultivando, sin saber, la segunda temporada del Trastorno de Ansiedad Generalizada en mi cabeza, el cual, después, tendría suficiente tiempo para detonar y desplegarse a su antojo.

El doctor Pellizcos terminó siendo un señor de edad que vivía con su esposa en una casa pequeña sobre una calle empinada, de esas que cuesta cruzar, tal como se jugara la vida misma en ello. La primera en pasar a la consulta, habíamos acordado, sería mi tía Olga. Y, ante la expectativa, mi primo acordó con ella:

-Tía, si eso es breve, hágame así -indicando la seña de levantar el dedo pulgar para indicar que todo está bien- pero, si le está doliendo mucho, entonces, así -la clásica de levantar el dedo del medio-

Pasados unos segundos, mi pobre tía no hacía más que enseñarnos el anular, aparte de retorcerse y generar un montón de sonidos guturales que en absoluto le devolvieron el habla. El anciano se ensañó con ella un buen rato, especialmente con los pies y las manos, pues tales parecían ser las zonas donde el susodicho desahogaba sus mágicos poderes.

De ahí siguió mi tía Helena, cuyos gritos, a diferencia, fueron de lo más puros y desinhibidos. Para entonces, ya habíamos descubierto otro importante elemento: la risa; pues, en ningún momento previmos que observar a los demás mientras eran pellizcados fuera tan gracioso. Al fin y al cabo, cada uno acababa indefenso frente al curandero, a merced suya y, de alguna manera, el dolor y los gritos nos llevaban a un estado primario que no dejaba espacio sino para la burla.

Mi madre, siempre tan recatada, para nuestra sorpresa, no gritó. Hasta ese punto llegó su decencia. Se quejó, claro, aunque de una manera muy educada, lo cual hizo avergonzar aún más a mi tía después de sus quejidos, que, aparte, tenían la particularidad de durar únicamente durante la tortura al que el hombre la exponía, tal como si le dieran play y pause a una grabadora de las antiguas.

Mi primo, como ya mencioné su carácter (por así decirlo), no hizo más que echar madrazos e insultar al pobre doctor Pellizcos. Le dijo hasta misa a él y a nosotras, al intentar filmarlo; pues, el registro de aquel viaje se convirtió en un tesoro familiar.

Entonces, llegó mi turno. Y claro que dolió. Sin embargo, terminé teniendo casi tanta clase como mi madre, pues tampoco grité, aunque sí me doblé y gemí por montones. La duración de las sesiones, al parecer, dependían de la gravedad del paciente. En mi caso, más o menos, quince minutos. Una característica importante del doctor, que solo hasta entonces noté, fueron sus largas uñas, ya que sus pellizcos realmente consistían en enterrarlas en la piel hasta casi hacerla sangrar.

Un dato más, la tarifa: alrededor de treinta mil pesos por cabeza.

Después del mencionado espectáculo, ni la novia de mi primo ni Amparo se atrevieron. Y, extrañamente satisfechos por nuestra experiencia, emprendimos el viaje de vuelta a La Perla del Otún, en una sola carcajada, sin poder creer habernos aventado a dicho viaje surrealista, expuesto a tal situación; como si despertáramos de un trance, repasando una y otra vez cada momento; sintiéndonos un poco ridículos, pero contentos; planeando enviar a cuanto familiar se nos ocurría a donde aquel extraño médico y las supuestas razones que le daríamos; encontrándonos, en efecto, mejor que nunca después de la supuesta terapia; felices gracias al doctor Pellizcos, como seguimos llamando al hombre que, quizá, sí curó varios de nuestros males, pues comprobamos su verdadero poder: el de la risa.

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