Niebla de Miguel de Unamuno y la alegoría de la caverna de Platón

Por Carla Araneda Condeza

Niebla es la obra más importante del escritor Miguel de Unamuno, publicada por primera vez en 1914, una nivola que cambió la historia de la literatura. Un texto clave y central de su producción literaria, una obra profunda que explora temas existenciales, valiéndose de una narración innovadora para la época.

Miguel de Unamuno fue un escritor y filósofo español de gran influencia. Como literato cultivó y trabajó en todos los géneros literarios.

Entre sus obras se puede mencionar en poesía con; “El Cristo de Velázquez”, “Rosario de sonetos líricos”, «Romancero del destierro»; en novelas con “Amor y pedagogía”, “Paz en la Guerra”, “Niebla”; en ensayos con “En torno al casticismo del sentimiento trágico de la vida”, “La agonía del cristianismo”, y “Vida de Don Quijote y Sancho”, entre otros muchos.

Perteneciente a la “generación del 98”, nombre con que se ha reunido tradicionalmente a un grupo de escritores, ensayistas y poetas españoles que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social desencadenada en España por la derrota militar en la guerra hispano-estadounidense, y la consiguiente pérdida de Puerto Rico, Guam, Cuba y las Filipinas en 1898. Todos los autores y grandes poetas englobados en esta generación nacen entre 1864 y 1876.

 “-¿Conque no, eh? – me dijo-, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, tocarme, oírme, sentirme, dolerme, serme. ¿Conque no lo quiere? ¿Conque he de morir, ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió ¡Dios dejará de soñarle! Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco, lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima…” Niebla- Miguel de Unamuno.

Ahora la reseña de un ente ficticio, nivolesco, un simple lector. Un Grande Don Augusto Pérez. Esta obra es una escalinata de diferentes niveles literarios, una obra maestra de principio a fin, mi libro favorito del autor.

Personaje favorito: Orfeo, nunca un perro había sido tan elegante, racional y analítico como él. Orfeo es un perro de la calle, adoptado por don Augusto Pérez. Orfeo se hizo el mejor amigo de don Augusto, su confidente, con un cariño recíproco que a su vez llevó al can a su propia muerte al olfatear el cadáver de su amo.

Pero Orfeo no solo murió, creó el final de este libro, vislumbrando una serie de verdades a las que eran ajenos don Augusto e incluso don Miguel.

“¡Qué extraño animal es el hombre! Nunca está en lo que tiene delante. Nos acaricia sin que sepamos por qué y no cuando le acariciamos más, y cuando más a él nos rendimos nos rechaza y nos castiga. No hay modo de saber lo que quiere, si es que lo sabe él mismo. Siempre parece estar en otra cosa que en lo que está, y ni mira a lo que está, ni mira a lo que mira. Es como si hubiese otro mundo para él. Y es claro, si hay otro mundo, no hay éste.”

“Es un animal enfermo, no cabe duda. ¡Siempre está enfermo! ¡Sólo parece gozar de salud alguna cuando duerme, y no siempre, porque a veces hasta durmiendo habla! ¡Y esto también nos ha contagiado! ¡Nos ha contagiado tantas cosas!”

El capítulo final de la obra “Oración fúnebre a modo de Epílogo”, escrito como el razonamiento de Orfeo ofrece un tercer escalón literario de la obra, en que con pocas palabras entrega profundidad.

Trama: Las desventuras en el amor de Don Augusto Pérez lo llevan a querer suicidarse, razón por la que visita a don Miguel de Unamuno, quien le señala de forma categórica que él- don Augusto- no podía suicidarse, no podía quitarse la vida, porque carecía de ella, así mismo no estaba vivo, ni muerto, era un mero ente ficticio, creado por Miguel de Unamuno. La encrucijada de Don Augusto va más allá, incluso de amenazar de muerte de don Miguel, quien toma la decisión de matarle incluso dentro de la ficción.

Pero don Augusto gana, gana la discusión y gana en la vida “¡Yo no puedo morirme; sólo se muere el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo morir, ¡soy inmortal! No hay inmortalidad como la de aquello que, cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal…”

Capítulo 32 de Niebla y la alegoría de la caverna de Platón.

La alegoría de la caverna de Platón es una de las enseñanzas más conocidas del filósofo, presentada en su obra “La república”, una aproximación a la realidad, el conocimiento y las formas del entendimiento humano. La que se ha interpretado de diferentes formas a través del tiempo. En esta alegoría se muestra al ser humano encadenado dentro de una caverna, con un conocimiento limitado de la realidad, solo ven las sombras que se proyectan frente a ellos, y para ellos, esa es su realidad.

Por otra parte, se señala que al salir uno de ellos de la caverna y ver la realidad, sin cavernas y sombras, se convierte en un lunático ante la mirada de los que aún continúan prisioneros, encadenados, se aferran a su limitada forma de entendimiento de la realidad. En esta alegoría el filósofo es quien logra salir de la caverna y quiere mostrar este nuevo conocimiento a los demás. También se ha usado para explicar la enseñanza. Para otra ocasión dejo la explicación en detalle de los diversos elementos que componen esta alegoría (Dimensión antropológica, epistemológica, y moral y política).

Cuando don Augusto vuelve a su hogar, no vuelve el mismo don Augusto que fue a hablar e incluso a amenazar a don Miguel; el Augusto que salió esa tarde de la casa del escritor, dejando las tierras de Salamanca, era otro, llevaba consigo una verdad que nadie más que él entendería, una verdad cruda, él no estaba vivo, ni muerto, él no existía, era un ente ficticio, al igual que su Eugenia, que ese tal Mauricio, que su Rosario, que Liduvina, que don Domingo y su pequeño amigo Orfeo.

Con esa verdad y siendo otro, uno totalmente diferente del que salió en la mañana, de ese mismo hogar.

Liduvina no sabía nada de esto, ella solo notó que algo en su “Señorito” había cambiado, acaso ¿ya no era el señorito que siempre cuidó?, en sus propias palabras ¿acaso no estaba muerto y caminando?

Liduvina y Domingo no pudieron entender a su “señorito” ni mucho menos esa verdad que traía que al mencionarse a ellos solo les parecía una historia de libros, de sombras, de niebla, las habladurías del cansancio tal vez, o ¿es que el señorito había enloquecido?

Una perfecta alegoría de la caverna, con una verdad, con un conocimiento que torturaba a quienes intentaban transmitirla, una verdad por la que don Augusto sería llamado un loco, un demente.

Al leer este capítulo en particular no pude sino pensar en la alegoría de la caverna de Platón, ahora en la alegoría de la ficción.

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