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No era una mañana cualquiera

Por Rolo Medina.

Me levanté como una mañana más. Pero no era una mañana cualquiera. Afuera estaban cantando los evangélicos y en el segundo piso estaban cocinando mariscos. Era una mañana especial porque se ratificaba que el mega proyecto Hidroaysén se queda sin el apoyo de una de las empresas. De forma definitiva, y evidentemente como una medida de desesperación y chantaje contra el Gobierno del actual presidente de nuestra indignante patria.

La noticia no vino más que a confirmar que las marchas y la destemplada represión de Hinzpeter y de sus animalitos entrenados, valieron la pena. Fue necesario salir a mojarse. Dejar que un tóxico e ilegal gas nos humillara y quisiera aquietar. Hidroaysén era un castillo en el aire, avalado únicamente por la estupidez y la arrogancia de uno de los grupos económicos que manejan nuestra economía.

Bajé a comprar el pan. Mi vecina me saludó como de costumbre. Yo le correspondí. Está caro el pan -como todo-, así que compré cuatro marraquetas. En el computador leía que un rector de una universidad privada confirmaba la ilegalidad en que se ampara el lucro en nuestro sistema mercantil de educación. Es como mucho que no paguen siquiera a los profesores ni sus imposiciones teniendo millonarias utilidades.

Reviso mi correo electrónico y un amigo me manda un enlace multimedia donde aparece el periodista Paulsen, dando cuenta de los audios de peritos que desmienten que sean sus firmas las que acreditaron como pruebas en el festinado “Caso Bombas”. (Esto último pasó hace dos semanas para que vean)

Las “canutos” han dejado de cantar, pero yo prendo la radio. Suena, una canción plástica y monótona, casi como la sonrisa de Golborne. Mi vieja me cuenta que apareció otro video que confirma que Bachelet sabía que venía la ola. Gorda chanta no más, le respondo. No a mi vieja, claro está. Quisiera salir a andar en bicicleta pero mi tobillo aún no sana. Creo que volveré a la cama, no me siento preparado para seguir maldiciendo a nuestra sociedad. Cierro la cortina, y escucho a un siempre alegre Elliot Smith.

No era una mañana cualquiera, ninguna lo es. La semana pasada un tipo se hizo famoso porque estaba comiendo la cara de un indigente en Estados Unidos. Una nueva droga lo habría vuelto loco y lo habría convertido en un zombie al estilo de las series y videojuegos de moda. La próxima semana puedo predecir un par de temblores en algún lugar del planeta. Espero que sin víctimas fatales. Un gran robo en alguna capital y, seguramente, que yo no podré comprar cuatro marraquetas, sino que sólo tres.

No sé en que momento dejé de sentir el olor a mariscos cocinándose, pero mi hambre se había esfumado y preferí dejar mis sangüchitos para la once. En fin, ayuné y me puse a ver videos de Peter Capusotto. Me dieron las 2 de la tarde, y llamé por teléfono para pedir una pizza, (si no fuera por mi tobillo ya no me quedaría nada de mi devolución de impuestos), además que así no tendría que comprar comida al otro día.

No era una mañana cualquiera, tampoco para la chica que atendió desde el otro lado de la línea y  tuvo que decirme que los delivery’s (perdón lo cursi) no llegaban hacia mi comuna. Ella no tenía la culpa de que los canutos me hubieran puesto de mal humor, ni que en el país la mayoría de las noticias fueran indignantes. Corté.

Definitivamente no era una buena mañana pero tampoco era un buen día. Para peor hoy es viernes y fin de mes. Y yo estoy cesante y con mi tobillo vendado. Fueron los mejores sangüchitos del mes de Mayo.