Literatura

Lectura virtual del Quijote en conmemoración del día del libro

23 de abril, día del libro.

Como ya es tradición desde el 2013, el Centro Cultural de España en Santiago (CCESantiago) en conmemoración del día internacional del libro y la lectura, invita a ser parte de una maratónica lectura del clásico de Cervantes con importantes personalidades del mundo de la cultura.

La iniciativa ha logrado ser un espacio para la lectura colectiva y abierta a todo público, en el que han participado desde lectores comunes y corrientes, hasta escritores y profesionales de todas las disciplinas. La importancia de celebrar el día del libro conmemorando el fallecimiento de Miguel de Cervantes a través de su lectura, constituye un ejercicio rodeado de solemnidad, respecto al libro en lengua castellana más universalmente leído, traducido y vigente hasta nuestros días, a pesar de tener más de cuatro siglos de existencia.

Para esta nueva edición, la lectura se realizará en formato virtual a través de las redes sociales del centro: Youtube y Facebook. Ya que, si bien la pandemia ha socavado diversas actividades en todo orden, la lectura permanece como una actividad fundamental para la sobrevivencia.

Programa

  • 11:45h a 12:00h

Acto inaugural de la Jornada de Lectura

  • 12:00h a 16:30h

Lectura de “Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes.

  • 16:30h

Despedida con sorpresa musical de Nano Stern

Invitados (por orden de intervención)

  • Pedro Pablo Zegers, Director Biblioteca Nacional de Chile
  • Francisca Laree, Enfermera UCI Cardiología – Clínica Las Condes
  • Jean Jácques Pierre-Paul, Médico y poeta
  • Consuelo Valdés Chadwick, Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio
  • Enrique Ojeda Vila, Embajador de España en Chile
  • Roberto Ampuero, Embajador de Chile en España (desde Madrid)
  • Adriana Valdés Budge, Presidenta del Instituto de Chile y directora de la Academia Chilena de la Lengua
  • Juan Carlos Silva Aldunate, Subsecretario de las Culturas y las Artes
  • Amelia Bayo, Astrónoma española
  • Sergi Arola, Chef
  • Rocío Montes, Periodista
  • Rodrigo Fernández Dübrock, Vicecónsul honorario de España en Punta Arenas
  • Carla Guelfenbein,  Escritora
  • Iván Jaksic, Integrante de la Academia Chilena de la Lengua, Premio Nacional de Historia 2020
  • Ennio Vivaldi, Rector de la Universidad de Chile
  • Arturo Navarro, Director ejecutivo C. C. Estación Mapocho
  • León de la Torre, Embajador, Jefe DUE y ex Consejero Cultural EEChile
  • Camila Serrano, Directora Asociación Crea
  • Amaro Gómez-Pablos, Periodista (gran colaborador Lecturas anteriores)
  • Paula Bonet, Ilustradora española (desde España)
  • Jaime Lorca, Actor chileno y director de la compañía Viajeinmóvil, director del Anfiteatro Bellas Artes y director del Festival La Rebelión de los Muñecos
  • Ricardo del Pueyo, Presidente de la AIECH
  • Jéssica Castro, Prof. Literatura Univ. Chile, Taller de Verso Clásico
  • Ramón Solís, Jefe Unidad de Asuntos Internacionales, Subsecretaría de las Culturas y de las Artes
  • Claudia Andrade, Bióloga marina, presidenta comité organizador XL Congreso de Ciencias del Mar
  • Emma de Ramón, Directora del Archivo Histórico Nacional, pertenece al directorio de la Fundación Iguales
  • Sebastián Jatz, Artista visual y un fiel lector de la lectura del Quijote en el CCE
  • Marco Montenegro, Director Fundación Yo Te Leo, que organiza anualmente Concurso Nacional de Lectura a Viva Voz “El Placer de Oír Leer”, para niños y niñas de todo Chile
  • Teresita de Jesús Farías Martínez, Niña ganadora del Concurso Escolar Nacional de Lectura a Viva Voz 2020, de 12 años de edad, alumna del liceo Abate Molina, de Talca (desde San Rafael, región del Maule)
  • Fernando Pérez Oyarzún, Director MNBA
  • Francis Cagigao Souto, Director Deportivo Selección Nacional de Chile – Fútbol
  • Irma Parodi, Directora Biblioteca Central para Ciegos
  • Ignacio Sánchez Díaz, Rector de la P. Universidad Católica de Chile
  • Alfredo Matus Olivier,Ex director (y director honorario) de la Academia Chilena de la Lengua
  • María Eugenia Menéndez, Exconsejera cultural y exdirectora CCE, e impulsora de la lectura en Chile (desde Argelia)
  • Gabriela Martínez Cuevas, Periodista, escritora, editora / ex directora de Comunicaciones de la Universidad de Santiago de Chile y de Radio USACH
  • Varinia Brodsky, Coordinadora macro área de Artes Visuales del Ministerio de las Culturas
  • Laura Oroz, Cónsul General de España en Chile
  • Gutenberg Martínez, Rector de la Universidad Miguel de Cervantes
  • Eva Flandes, Rectora de la Universidad SEK
  • Carlos Peña, Rector de la Universidad Diego Portales
  • Macarena Baeza, Directora de la Cía. La Calderona, teatro clásico
  • Graciela Huinao, Poeta, primera académica de la etnia mapuche-huilliche en la Academia Chilena de la Lengua
  • Raúl Zurita, Poeta, Premio Nacional de Literatura, Premio Reina Sofía de Poesía

[Cuento] Repartidor de volantes 

Por Rolo Medina.

Aprender una frase, evitar el atropello, entregar el tríptico y mirar pechugas.  Eso es lo que hacía dos o tres veces por semana. Llegaba casi siempre puntual a la salida del metro Tobalaba. El gentío y la intensidad de la población flotante del sector era y según pude comprobar hace un par de semanas, el mismo que en esos días. El desayuno en la garganta y un frío habitual en los meses invernales de Santiago se hacían enemigos sin dificultad. Yo recibía instrucciones de Solange para que entregase correctamente la información. Poco a poco iban llegando al encuentro los demás compañeros volanteros.

– Tienes que fijarte bien a quién le entregas los volantes. Ni a taxistas, ni autos viejos, ni gente fea. -¿Me entiendes? Discrimina, por favor.

Esto que se lee aún como una clasista adoctrinación, no era sino la invocación y el deseo ferviente de establecer diferencias entre el común y corriente chileno, y el que podía acceder a las ostensibles y caras cabañas de agrado que ofrecía la empresa que publicitábamos y por la que recibíamos 10 mil pesos diarios, pagados en cada quincena, y con un horario de 6 horas. Afincados en una cuestionable realidad  socio-económica, los folletos estaban diseñados para una clientela arribista y aspiracional. Por cierto, exclusiva. Lodge de pescas, saunas, canchas de tenis, minigolf, etc. y una ubicación colindante a la cordillera de los Andes. Un lujo para la minoría.

En el auto de la coordinadora, una delgada y neurótica mujer al volante, nos reforzaba nuestro público objetivo, mientras nos transportaba hacia los puntos de entrega del material. Nadie quería la avenida Andrés Bello. Era una calle ancha donde los autos corrían, y los semáforos no ayudaban mucho. Sin seguros de por medio, ninguno de nosotros quería terminar nuestros días atropellados por un hijo de puta de nuestra misma edad en un Mercedes Benz. Al poco tiempo uno se percataba que el trabajo era además de peligroso, mal mirado. ¿Quién se expone por 10 mil pesos mugrientos a que lo atropellen?

Ya una vez en el punto de entrega, uno debía realizar dos cosas. Primero, intentar congeniar con el vendedor ambulante o con el artista callejero que habitaba en dicha esquina. Y segundo lugar, estar atentos a los inspectores de seguridad municipal que cursaban los partes respectivos a la empresa, pues no siempre teníamos permisos para repartir los materiales. Los vendedores ambulantes no eran de muy dócil trato que digamos. Estabas invadiendo su territorio, y algunos realmente se ponían agresivos con uno.

– Saca las huevás flaco, por la chucha. No ves que tengo que pasar.

– Puta, si también estoy trabajando. -Respondía.

Al principio me calentaba la cabeza. Después, simplemente dejó de molestarme. Ellos hacían lo suyo, y estaba bien. El tema de los inspectores sin embargo era más complejo. Apenas me divisaban, comprendía que tendría que llamar por celular a la insufrible coordinadora. El hecho de que la empresa no pagara permisos era una realidad tan asible y palpable como la tremenda brecha de desigualdad imperante en el país. En las columnas de los periódicos serios y decentes, (los menos) se hablaba de un Chile como el país más desigual de los que integraban la OCDE. Que los salarios eran proporcionales a los de Angola, y de la necesidad de reformas en el sistema tributario, educacional y de pensiones.

Pese a ello, los afiches en mis manos seguían insistiendo con las cómodas cabañas de relajo, los lodge de pesca, y el minigolf. Convivían dos países en unos cuántos segundos que duraban los semáforos; El que teníamos que evitar y el grupo objetivo de la empresa de ecoturismo.

[cuento] El vendedor y su vehículo

Por Rolo Medina

Solía convencerme de que las primeras impresiones no podían modificarse muy fácilmente. Miradas tibias y condescendientes me decepcionaron durante muchos trabajos o subempleos, por más que mi comportamiento fuera discreto pero continuamente solícito.

Algo había en esas personas que me traspasaban sus prejuicios o dudas. Yo intentaba seguir de manera incólume mi tránsito comercial con el carrito de alimentos, que llevaba no sin irregulares pasos. Una rueda falta de aceite ponía en juego un equilibrio semi mortal para mi trabajo entre las 08:30 de la mañana y las 17 horas de la tarde.

El diseño particular de mi vehículo laboral contemplaba tres compartimentos hacia el exterior y dos en el interior. En las divisiones de adelante debían ir pulcramente organizados los sándwiches tipo baguete, las ensaladas de frutas, los almuerzos, y en la parte superior, los confites-snacks. En el cajón interno, mi caja. Además portaba siempre un lápiz bic, un gel para manos, una bolsa con el efectivo inicial y un talonario de boletas.

El trabajo consistía en conducir el carrito por los pasillos de siete pisos pertenecientes al edificio cuyas oficinas corporativas utilizaba un banco entre otras organizaciones tales como sociedades de abogados, dentistas, arquitectos, etc.  Sí, subía y bajaba con un carrito de comidas por los ascensores procurando que no se me cayera nada. Antes, durante mi llegada al edificio, previa espera del vetusto taxista que me transportaba y que se quedaba irregularmente estacionado en la vereda del frente, en la calle Moneda entre Ahumada y Estado. Yo debía cargar dos coolers repletos de comida, más 36 latas de bebidas gaseosas, y 20 jugos naturales. O al menos eso decían las putas etiquetas.

– Ya maestro, me espera un ratito que la hago cortita.

– Cruce no más mijo- Respondía el viejo, que a ésa altura del trayecto ya olvidaba el mal rato que le hacía pasar mi jefe, el administrador del negocio, quien le debía 18 lucas.

Luego de dos o tres viajes, según como amanecía mi espalda, dejaba los productos en el hall, pegado a una puerta lateral de los ascensores.

– Hola compadre. Oye por favor, deja que suba la gente primero. Solicitaba el conserje del imponente edificio.

– Ok, respondía yo. Y cavilaba sobre mi condición de «no gente».

El piso al que debía llegar era el séptimo. A las nueve de la mañana las hordas de oficinistas se agolpaban en las puertas de los cuatro ascensores y yo no podía hacer otra maldita cosa que esperar. Una vez en mi destino, realizando suculentos esfuerzos lograba llegar a la puerta donde tenía habilitada por contrato entre la empresa de comidas y el banco, una pequeña despensa para guardar los alimentos, y organizar los inventarios de lo por vender. En sí mismo, el oficio era simple, vulgar sí se me permite. A las semanas, los clientes se sentían en confianza para pedir ciertos encargos. Algunos, lisa y llanamente aseguraban los mejores almuerzos. Otros, comenzaban a confidenciarme detalles de sus funciones en el banco, y hasta un par de mujeres cuarentonas coqueteaban de manera agraciada pero decorosa.

A veces mientras compraban, algunos me manifestaban el fastidio demoledor de sus rutinas, mientras otros se jactaban de sus menudencias familiares que poco o nada me importaban. Los menos, respondían a mi paso de una manera despreciativa. Podía leer en sus ojos cierto nivel de lástima hacia mis funciones. Esto se sentía como una ráfaga de ira y un subidón de temperatura en mi sangre.

Un peregrino deseo alimentado por la bestia del ego me ponía tenso. A la hora de mi almuerzo, en principio era notoriamente visible como eludían mi presencia. En un comedor compartido entre oficinistas, ejecutivos, trabajadoras del aseo, del servicio de climatización, etc. Ahí estaba yo, esperando la liberación de un espacio en la mesa rectangular disponible. A menudo intentaba amilanar la espera bebiendo un poco de agua o tomando café en las máquinas que se encontraban en la sala del comedor.

Los mejores días para la venta eran los lluviosos. Eso les nutría de una esperable pereza. Esperable porque pasaban la mayor parte del día sentados sobre sus traseros rutinarios. Alcanzaba a realizar tres o cuatro vueltas por cada pasillo, y vendía un 75 % de lo que llevaba desde la cocina del local ubicado a unos 200 metros de la estación Salvador, en Providencia. Los días de poca venta eran los peores para mi espalda. Debía volver caminando dicha distancia y hacía paradas para liberar un poco la tensión corporal. Al llegar al negocio, generalmente esperaba a que llegara el hijo del administrador, un tipo joven como yo, pero mucho más alto. Se encargaba de la logística, de comprar los insumos y también salía a vender en otros puntos de venta.

Teníamos buena relación, y nos conocimos porque existían amigos en común. En una de las tantas charlas post pichanga de futbolito, el flaco Oscarito recogió mi relato de solicitud para poder trabajar. Yo había desistido de trabajar en mi profesión, y buscaba algo de dinero para pagar mis cuotas del crédito universitario.

Nos reunimos un martes, y ya el miércoles iba a trabajar. Entendía claramente lo que exigía de mí, y él también respecto a los que yo solicitaba, salvo cada fin de mes. Era duro para pagar. Quizá demasiado, aunque justificadamente celoso de sus intereses. Había tenido varias desavenencias con antiguos vendedores, y tampoco podía negar la insoslayable presencia de los genes. Su padre, el viejo que no le pagaba a tiempo al taxista, era un tanto conchesumadre. Sólo un tanto. Tan alto como el hijo, pero con un carácter seco y flemático. Era el encargado de los números y las cuentas de la pyme.

Lo más gracioso era escucharlo intentando parecer genuinamente alegre. No lo era,  y sus sonrisas o comentarios eran sombríamente paternalistas o socarronamente verticales. Sobre todo con el ayudante de cocina. Un joven haitiano, que trabajaba en dos lugares y cuya presencia era siempre la primera que me recibía después que amarraba mi bicicleta en una de las rejas adyacentes al local. Éste se encontraba entre varios edificios que conformaban un perímetro de varias torres.

 – Buenos días compadre.

 – Buenos días – respondía Dumas.

Dumas tenía las manos áridas, y por supuesto siempre estaba cagado de frío. Era pequeño pero fuerte, y su ánimo aunque aletargado por el cansancio y las horas de extenuando trabajo, siempre estaba a punto de soltar alguna broma. Yo le ayudaba armando los cubiertos plásticos que se entregaban elegantemente sellados. También colocaba las tapas a las frutas y los almuerzos. El tercero en llegar era el cocinero. También joven, y agradable. Luego de unos 20 minutos, aparecía el viejo dueño.

– Cómo va- Decía siempre saludándome a mí antes que al haitiano.

– Dumas, vengo del baño y está la cagada huevón. Sería bueno que lo limpiaras eh. Soltaba el viejo.

– Hola jefe- respondía el morocho.

El último en llegar era el hijo. Casi prestamente para cargar la mercadería y partir a los puntos de venta. Después de un tiempo mi espalda no me permitió seguir trabajando por el mínimo, o por un sueldo maquilladamente superior.